Frank NuñezPerspectiva

Rescatar la Comunicación Social

Por Frank Núñez

Colaboración/elCorreo.do

PERSPECTIVA: La sociedad actual, definida por muchos teóricos como “posmoderna”, ha caído en el círculo vicioso de la vulgaridad, con los medios convencionales y las redes sociales como promotores del mal vivir y el irrespeto ciudadano. De nada sirven leyes que en su momento fueron esperanzadoras, como la 136-03, que creó el Código del Menor, para proteger la niñez de todo cuanto limitara su sana formación, cuando están expuestos a las influencias que se promueven como los nuevos estilos de vida, hedonistas, consumistas, inmorales y de un marcado relativismo ético.

Los investigadores conocen bien las agendas impuestas por organismos internacionales y movimientos minoritarios, de facturas feministas, LGTB y no se sabe ya hasta dónde llegarán las letras en la medida que van surgiendo supuestas nuevas preferencias sexuales, pero lo cierto es que son más de cinco los jinetes del Apocalipsis que van destruyendo los cimientos de la sociedad, imponiendo un mundo violento, cursi, estúpido y vacío, que lleva al pensamiento más noble a preocuparse por el destino al que se encaminan las nuevas generaciones.

Enrique Rojas Montes, el destacado psiquiatra y escritor español, entiende que la fecha del inicio de todo cuanto ocurre hoy en la sociedad occidental fue el 9 de noviembre del 1989, día del derribo de lo que fuera El Muro de Berlín, que decretó el fin del Bloque Socialista en el Este Europeo, con una evidente victoria del capitalismo que se forjó en el hemisferio donde se ubica la República Dominicana, encabezado por los Estados Unidos.

Aunque parezca extraño plantearlo, pero se aprecia que el equilibrio que hicieron durante décadas dos modelos económicos contrarios, uno de economía controlada por el Estado y otro de libre mercado, era positivo para la salud moral de la humanidad. El mundo unipolar capitalista dio rienda suelta a la “Conspiración de Acuario”, descrita por la ensayista californiana Marilyn Ferguson, donde todo el sediento de libertad ha salido a combatir su sed, creando una sociedad donde “todo es igual, nada es peor, lo mismo un burro que un gran profesor”, como canta el tango “Cambalache”. Con perdón de los burros.

El primer objetivo a destruir ha sido la familia nuclear. “El rey de este mundo” no quiere niños criados por Papá y Mamá. Por eso se busca que la mujer sea desterrada del hogar y que ella misma entienda que hacer el papel de madre y esposa es humillante. Recientemente supimos de una joven mujer, madre soltera, que le reenvió a uno de sus pretendientes la carta de otro, donde le planteaba sus propuestas, la mayoría de corte económico, para una posible unión conyugal. “Me están llegando propuestas, espero la tuya”, le decía al otro, como una forma de colocarse en el libre juego de la oferta y la demanda. En eso han puesto a la mujer, a pedir cotizaciones antes de venderse, como exigen las leyes de Compras y Contrataciones.

El resultado de esas conquistas “de género” de los años con predominio de lo que el papa Juan Pablo Segundo definió como “capitalismo salvaje” lo estamos viendo. Crecimiento de la homosexualidad y el lesbianismo, una población joven sumergida en el mundo de las drogas, los “nini” que ni estudian ni trabajan, afán por el enriquecimiento rápido y con el menor esfuerzo, el sueño universal de ser “influencer” de las redes sociales, hembras y varones, compitiendo por el “premio” a la mayor vulgaridad o bajeza.

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En vista de que las redes y los medios convencionales se han convertido en la plataforma del “Anticristo”, es tiempo de crear un movimiento que procure el rescate de la comunicación en su concepto ético y social. La prensa surge y se desarrolla en una de las etapas más hermosa que recuerda la Humanidad. La decadencia de las monarquías europeas en los tiempos cercanos a la Revolución Francesa, en 1789, estuvo acompañada de fenómenos como la abolición de la esclavitud en muchos países, la creación de los Estados Unidos de Norteamérica, la independencia de los países sudamericanos y grandes descubrimientos científicos que llenaron de esperanzas a hombres y mujeres en un mudo cada día mejor.

Las naciones liberadas del oscurantismo crearon sistemas políticos con el ideal aristotélico de los tres poderes del Estado. El Poder Legislativo, que hace las leyes; el Ejecutivo, que las hace cumplir y el Judicial, encargado de sancionar al que las viola. Los ciudadanos entendieron que la misma sociedad debía tener medios que se constituyeran en vigilantes de esos tres poderes, para ponerle freno al despotismo, que siempre amenaza a los pueblos con diferentes apariencias. Ese recurso de la ciudadanía fueron los medios de comunicación. Es de ahí que a la prensa se le conociera como “el Cuarto Poder”. Lo mismo que a la familia nuclear, el modelo predominante ha enfilado sus cañones contra el ejercicio ético de la comunicación, facilitando el relajamiento total en medios y redes, cualquierizando el ejercicio a tal punto que todo el mundo se cree “comunicador”, convirtiendo la radio y televisión en espacios de reyertas, riñas, vocinglerías obscenas y escándalos que hasta hace poco eran exclusivos del bajo mundo.

El reciente atraco a una sucursal del Banco Popular cometido en la capital por jóvenes profesionales de clase media, va de la mano con el relajamiento moral que se promueve en medios y redes. Es nuestro deber advertir que lo que hoy vemos son apenas “comienzo de dolores”. Si no rescatamos el papel informador, orientador, ético y moralizante de la comunicación, nada salvará a República Dominicana de la autodestrucción. Muchas son las amenazas que se ciernen como espada de Damocles sobre la patria de Duarte, Sánchez y Mella. El movimiento que busque revertir el panorama mediático no corresponde a gobierno alguno. Debe nacer en el seno de la sociedad con la participación de los verdaderos profesionales de la Comunicación. Si hay que plantar un árbol, debe hacerlo el que le duele su Nación, como diría la Madre Teresa de Calcuta. No es tiempo de esperar que otros hagan lo que podemos hacer nosotros mismos. Estoy convencido de que esta inquietud no quedará como una voz solitaria en el desierto.

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