Perspectiva

Reminiscencias de un atípico embajador

Por Frank Núñez

Colaboración/elCorreo.do

PERSEPECTIVA: Probablemente el exceso de información que vive la República Dominicana, como ocurre en todo el mundo con la pandemia del Covid-19, impidió que la mayoría de los medios locales, incluido un influyente diario en el que fue colaborador, se hicieran eco de la muerte en Maracaibo, Venezuela, del diplomático, historiador y escritor Julio Alberto Portillo Fuenmayor, quien fuera embajador en el país durante el primer gobierno del fenecido comandante bolivariano Hugo Chávez Frías.

Nacido en Maracaibo el 1 de noviembre de 1944, Portillo Fuenmayor se recibió en la carrera de derecho en la Universidad de Zulia en 1977, para viajar a las universidades de París y Roma, para cursar postgrados en sociología, disciplina que también estudió en el Instituto “Antonio Gramsci”, de la capital italiana.

El paso del diplomático fallecido el pasado 4 de enero por la República Dominicana podría recordarse, además de las relaciones de amistad que cultivó con políticos de diferentes corrientes, por su respaldo al fallido golpe de Estado orquestado en Venezuela en contra de su presidente el 11 de abril del 2002, lo que puso fin a sus funciones de embajador.

Periodistas veteranos que reseñaban para la época el acontecer político mantienen fresca en la memoria las tertulias con el prolífico intelectual zuliano, autor de más de 15 libros, muchos de los cuales estaban dedicados al análisis históricos de figuras dominicanas, como Juan Pablo Duarte,  y el erudito venezolano de origen dominicano,  Rafael María Baralt Pérez.

Portillo y  el culto a Bolívar en Santo Domingo

En la columna que mantuvimos durante varios años en el desaparecido periódico El Siglo comentamos lo que nos describió Portillo durante una tertulia en diciembre del 2000 con el Círculo de Cronistas Políticos, bajo la presidencia del fenecido periodista Leo Hernández, en la que narró su amargura cuando llegó al país al final de los años 90  e intentó llevar una ofrenda floral a la Estatua de Simón Bolívar en la capital dominicana. Su propósito coincidió con el proceso de reurbanización que vivía la ciudad y muchos de esos monumentos habían sido removidos, mientras otros fueron víctimas de profanaciones y vandalismos de la delincuencia común.

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Mientras Portillo daba vuelta por las calles capitaleñas en procura de la estatua de Bolívar, se enteró de que en esos días le habían robado el sable a la ecuestre del general Gregorio Luperón, mientras la pedestre del prócer mexicano  Benito Juárez la acaban de mudar de la intersección que forman las avenidas Winston Churchill y la 27 de Febrero a una plazoleta frente al Palacio Nacional.

Le resultó alarmante que el monumento a Fray Antón de Montesinos, construido con un elevado aporte económico del gobierno azteca, se había convertido en refugio de vagabundos en el mismo malecón de la ciudad. Los bustos erigidos en la Plaza de la Democracia, construida por la gestión frente a la alcaldía de su amigo José Francisco Peña Gómez, fueron cayendo uno a uno  hasta convertirse en vertedero, paraíso de ratones, lugar preferido para locos y consumidores de estupefacientes.

Pero el diplomático venezolano no perdía la fe en encontrarse con la efigie del Libertador de cinco naciones iberoamericanas. Donde le indicaba el mapa que llevaba en las manos, se habían construido un elevado y un pequeño túnel. Con el candente sol de aquellos días, el arreglo florar estaba en peligro de marchitarse. Fue entonces cuando, según narró, se fue a la Cancillería en busca de información entre sus colegas, pero nadie le dio pistas sobre el paradero de la estatua, aunque le recomendaron que indagara en el Ministerio de Obras Públicas, donde al fin logró encontrarla, en el patio del recinto, en espera de un lugar adecuado en lo que continuaba el proceso de reordenamiento urbano. La ceremonia debió aplazarse para una fecha posterior, cuando el mismo gobierno de Chávez inauguró la Plaza Bolívar en Santo Domingo, donde hoy se yergue el monumento del héroe.

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Polémicas en el país con Carlos Andrés Pérez

Antes de que Portillo cayera en desgracia con el gobierno de Chávez por su apoyo al fallido golpe de Estado del 2002, el intelectual había tenido confrontaciones con el expresidente Carlos Andrés Pérez, quien se encontraba exiliado en la República Dominicana. Reseñamos esas polémicas en un artículo publicado en El siglo titulado Venezuela, Pérez y Portillo, del 25 de agosto del 2001. Comentábamos entonces que el hecho de que Portillo se convirtiera en contradictor de Pérez era más que entendible, ya que al enfrentarse con el ex gobernante  no hacía más que demostrar  la debida lealtad al presidente de Venezuela, de quien era aquí representante.

El periodista venezolano Carlos Colmenares, jefe de prensa de la embajada de Caracas, también fallecido, quien terminara enemistado con Portillo, nos llamó para darnos la razón. Y es que pese a las críticas que desde aquí le hacía Pérez a Chávez, los políticos de ambas corrientes compartían en tertulias con cronistas, como las que se celebraban en el Rancho Steak House, de la avenida Tiradentes.

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“Ellos no hacen más que defender sus respectivos intereses, como tiene usted derecho  a hacerlo con los suyos y yo con los míos”, decíamos en la referida columna, al tiempo que considerábamos una exageración decir que el ex presidente Pérez planeaba en el país un golpe de Estado contra el gobierno de Venezuela.

“Los golpes de Estado nunca se han pregonado en periódicos ni en canales de televisión. Pero Pérez va a seguir en su política, que es lo que ha hecho toda la vida, como un caso parecido aquí al del ex presidente Joaquín Balaguer. Y Portillo, el embajador, seguirá en su diplomacia defendiendo a Chávez. Yo, desde aquí, solo quiero que los dominicanos, antes que sembrar veneno, inyectemos oxígeno y frescura al ambiente político, siempre tan cargado de manipulaciones y alboroto”, terminábamos así la columna.

Pero la ironía de la historia nos enseñó que tan pronto se supo del “golpe de Estado a Chávez” en Venezuela en el 2002, que no lo intentó Carlos Andrés Pérez ni cosa parecida, el embajador Portillo hizo público su respaldo, calificando al gobernante como un dictador que conducía al país petrolero  por los senderos del atraso económico e institucional. En mi opinión no se equivocó, pero lo cierto es que su precipitación puso fin a su carrera diplomática, sobre todo a su permanencia como embajador en República Dominicana. Solo nos queda desearle paz a su alma, al tiempo que retomaremos sus escritos como fuentes históricas sobre importantes figuras latinoamericanas.

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