Salud

Pediatra argentino explica la verdad sobre el dióxido de cloro

¿Tratamiento universal o engaño peligroso? La realidad científica tras una sustancia controvertida

ALETEIA

BUENOS AIRES.- La difusión de la pandemia provocada por el Covid-19 sigue dando alas a negacionistas y pseudoterapeutas, que se aprovechan de la situación para engañar a los enfermos y a toda una población atemorizada. Sin embargo, no todo el mundo está seguro de que estén las cosas claras.

Entre otras cuestiones candentes está el uso de sustancias como el dióxido de cloro (ClO2), resultado de diluir y mezclar el clorito de sodio (NaClO2), y que se difunde con el nombre de MMS, entre otros.

Aunque hay importantes razones para evitarlo (e incluso prohibirlo, como han hecho organismos gubernamentales de salud), todavía hay personas que lo defienden (incluso algunos obispos católicos).

El número que está a punto de ver la luz de la prestigiosa revista científica Archivos Argentinos de Pediatría, publica una carta al editor firmada por el doctor Paulo Cáceres Guido, que trabaja en el Hospital de Pediatría “Prof. Dr. Juan P. Garrahan” de Buenos Aires.

En dicha misiva, que ya puede leerse por anticipado en su edición digital, el experto afronta con claridad el tema.

El autor explica que el dióxido de cloro, “gas usado para purificar agua, blanquear telas, desinfectar superficies y sangre, entre otros fines, es un oxidante”.

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Cuestiones sin resolver sobre el dióxido de cloro

Los defensores del uso terapéutico de esta sustancia dicen que esta oxidación afectaría a virus y bacterias, pero no a los órganos del cuerpo.

Sin embargo Cáceres advierte que no es posible justificar “por qué el ClO2 ejercería su actividad sobre ese gran y diverso conjunto de microorganismos patógenos (incluyendo al coronavirus de COVID-19) y no sobre células humanas”.

No sólo eso. Los partidarios del dióxido de cloro tampoco explican “con argumentos científicos por qué el ClO2 curaría enfermedades tan diversas como malaria, diabetes, asma, autismo, sida, Chagas, esclerosis lateral amiotrófica, depresión, cáncer y muchísimas otras”.

El doctor Paulo Cáceres considera peligrosas las afirmaciones de personajes como Andreas Kalcker –uno de los más famosos promotores de la sustancia– sobre las dosis que indican apropiadas para tomar.

La llaman también MMS (siglas de “solución mineral milagrosa” en inglés). Y “pretende, sin investigación de buena calidad, ni evaluación de equipos profesionales multidisciplinarios que corroboren sus resultados, convertirse en el ‘descubrimiento del siglo’”, advierte.

Otro tema al que contesta es la reclamación de tener patentes. Recuerda en concreto que “una patente es un elemento parte del ámbito del derecho comercial que concede la posibilidad de explotación del uso de un producto o tecnología, y no necesariamente requiere estudios de eficacia ni toxicidad”.

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Además, la realidad demuestra que “abundan patentes de productos sin ninguna utilidad práctica”.

Ni un apoyo en la investigación seria

Él ha revisado en profundidad las publicaciones científicas sobre el tema para comprobar si hay algún resultado fiable. Y asegura que sólo pueden encontrarse acerca del dióxido de cloro “estudios como antiséptico y esterilizante para superficies, agua y sangre, muy pocos de los cuales son en animales y células”.

El médico denuncia la ausencia de investigación científica contrastada sobre esta sustancia. Basta con ver que en la base de datos que reúne más de 30 millones de trabajos publicados en los últimos 25 años en todo el mundo (Medline-Pubmed) “no hay ni un ensayo clínico, ni un reporte de un caso clínico aislado”.

Por el contrario, sí que “existen numerosos reportes de toxicidad. Incluyen úlceras esofágicas, falla renal, anemia hemolítica y otras alteraciones sanguíneas graves, efectos mutagénicos y aberraciones cromosómicas”.

Cuando una creencia es peligrosa

El pediatra argentino entra en el verdadero meollo de la cuestión. Va más allá de consideraciones científicas –que no importan a gran parte de los promotores y consumidores de MMS–.

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Reconoce que “todos tenemos derecho a tener una creencia, o una religión. Pero la fe, quizás útil como coadyuvante, nunca tendría que estar relacionada con el uso de un compuesto tóxico”.

“La actividad científica debe estar responsablemente basada en experimentación reproducible”, recuerda.

Y en el terreno médico “estamos obligados a evaluar seriamente la evidencia, incluso si esta fuera solo de reportes de casos. Si algo no es útil o es muy tóxico (aunque sea en un pequeño porcentaje), se descarta”.

Paulo Cáceres termina su carta advirtiendo del daño que se puede hacer a los más débiles, sobre todo cuando hablamos de enfermos y personas cercanas.

“Atentos a las muchas veces ‘escabrosas’ estrategias para acercarse a un paciente que necesita una solución a su problema de salud”, pide.

“Vale estar atentos a consejos peligrosos de ignorantes y aprovechadores que utilizan a los más vulnerables, quienes por falta de información o desconocimiento, pueden terminar siendo víctimas inocentes”, concluye.

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