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Mercenarios colombianos en Santo Domingo

Por Tony Pérez

Colaboración/elCorreo.do

PERSPECTIVA:  A inicios de 1990, la joven periodista colombiana Jenny González colaboraba como corresponsal de Radio Mil Informando, el noticiario de mayor audiencia de República Dominicana. Llamaba a diario para informar sobre la situación del país sudamericano, presa de la guerra y el narcotráfico. Como retribución, la empresa le gestionó boletos de viaje y unas cortas vacaciones en el tradicional hotel Napolitano, en el malecón de la capital.

No bien se había instalado cuando agentes de inteligencia del Gobierno llegaban a la recepción para indagar con la administración quién era la recién llegada y la razón de su viaje. Alegaron “seguimiento de rutina” porque ella había viajado desde Bogotá, capital de Colombia, según me contó seguido el propietario del hotel y de la emisora, Manuel María Pimentel. Yo era director del noticiario.

He calificado aquella acción como un exceso de celos rayando en el salvajismo,  Ser colombiano o de otra nacionalidad no debería ser jamás razón suficiente para asediar a un turista o visitante.

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Hay casos, sin embargo, que sí requieren seguimiento estricto. Ejemplo: los exmilitares mercenarios colombianos que sostuvieron reuniones y “turistearon” en Santo Domingo previo a viajar a Puerto Príncipe para participar en el magnicidio-golpe de Estado contra el presidente de Haití, Jovenel Moises, 53 años, y dejar “gravemente herida” a la primera dama Martine Marie Étienne Joseph, 47 años, en su residencia de la Pelerín 5, en el exclusivo sector Petion Ville, en Puerto Príncipe, la madrugada del 7 de julio.

Quienes han mirado el caso desde lejos, han defendido a esos extranjeros. Han alegado que estos no tenían en sus frentes el letrero “mercenario” y tenían derecho a disfrutar, hacerse fotografías frente a Palacio, ciudad colonial, Faro a Colón, plazas…

Pero el asunto no es tan sencillo. No se trata de ciudadanos comunes, sino de hombres altamente preparados en el terreno militar, forjados en la guerra y, tal vez, con una caterva de muertos como aval. Uno de ellos con prohibición de salir de su país por estar acusado del caso de los falso-positivos (matar ciudadanos con falso pretexto de que eran terroristas).

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Esa información debían conocerla los organismos de seguridad del Estado para adoptar las previsiones correspondientes a su entrada a territorio dominicano.

Tras la ejecución del mandatario haitiano y las heridas a su esposa, vale conjeturar sobre los periplos de los exguardias por sitios emblemáticos de Santo Domingo y sus fotografías con las fachadas como fondo.

En vista de su pedigrí, ¿hacían una primera aproximación de conocimiento del Palacio Nacional y otros lugares simbólicos con propósitos inconfesables, en vez de turistear?

Nada se perdería si las autoridades descartaran esa hipótesis mientras incrementan la seguridad del presidente Luis Abinader y lugares donde se aglomere mucho público. Aunque la mayoría de los magnicidas (colombianos y estadounidenses de origen haitiano  residentes en Florida), ha sido encarcelada,  algunos están “huidos” y, en el mercado internacional, la oferta de matones bien formados es grande. Y abundan los criminales de “saco y corbata” decididos y con suficientes dólares para contratarles.

Nuestra economía tiene en el turismo su principal pilar. Pero, contrario a como muchos piensan, un exceso de condescendencia con quienes ingresan por puertos y aeropuertos, resulta riesgoso para la estabilidad del país completo.

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Los dominicanos somos muy sabrosos con los extranjeros. Ese comportamiento se evidencia hasta en las revisiones de Migración a los viajeros. Es como si esa sola categoría fuera garantía de no delincuencia. Pasan los controles como agua del río, más fácil que los nuestros. Así, entre los mansos, se cuelan los cimarrones (mafiosos, pedófilos, narcotraficantes, sicarios). Y sólo se sabe de sus fechorías cuando brota el escándalo y el daño está hecho.

Como anda el mundo de convulso, esa actitud hay que cambiarla. Hay que estrechar la vigilancia sin ser troglodita. Países como Estados Unidos, España y Cuba, por ejemplo, “no comen cuento ni creen en relajo” con las entradas de personas a sus territorios; sin embargo, se comen buen trozo del pastel turístico.

Siempre será mejor prevenir que remediar.

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