Perspectiva

Los devastadores efectos colaterales de la corrupción

Por Frank Núñez

Colaboración/elCorreo.do

PERSPECTIVA: Robarse el dinero del Estado, que es propiedad de todos los contribuyentes, es un crimen indignante, porque además del daño económico a todo un pueblo, constituye una burla a la institucionalidad, la Constitución, las leyes y las sanas costumbres del conglomerado social.

Ciertamente, lo que más ha valorado la población del compromiso asumido por el Presidente Luis Abinader de recuperar los recursos robados al Estado, que es lo mismo que decir a la ciudadanía, es el factor económico.  Y es  que el país se ha estado endeudando  para satisfacer necesidades de la población, mientras una parte importante de estos empréstitos se quedan en los bolsillos de funcionarios y testaferros corruptos.

Pero aún se logre el propósito enunciado por el gobernante, los daños sufridos por la colectividad serán muy difíciles de reparar, por haber sido cometidos en muchos casos por individuos que debieron ser modelo de conducta ciudadana.

El tráfico de influencia, práctica que permite a parientes y relacionados de los gobernantes negociar con instituciones del  Estado, constituye una competencia desleal que quiebra a empresarios y comerciantes de larga trayectoria en esas actividades productivas. Al mismo tiempo, se producen monopolios que frenan el desarrollo del sector privado, auténtico generador de empleos y fuente sana de recaudaciones fiscales.

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Con la corrupción gubernamental se crean complicidades con el bajo mundo, de manera que las autoridades encargadas de perseguir el delito terminan convertidas en servidoras del crimen. Fenómenos como el narcotráfico, el contrabando, el sicariato y la evasión fiscal no pueden florecer sin el contubernio de la corrupción oficial.

Efectos colaterales de la corrupción en la política

Una actividad que debiera exigir del ciudadano que la asume una verdadera vocación de servicio es la política partidaria. Con el predominio de la corrupción, su objetivo se reduce a la conservación del poder por el poder mismo, para de esa manera explotar mercurialmente al Estado en beneficio del grupo gobernante, mientras las grandes mayorías se van empobreciendo hasta llegar a vender su voto por un plato de comida.

El mal ejemplo del liderazgo político que se enriquece con la corrupción frustra las sanas aspiraciones de una juventud que ansía recibir educación, recreación y trabajo. De esa manera, la sociedad entra a un círculo vicioso donde el corruptor se convierte en el modelo a seguir, creando el caldo de cultivo para el consumo de estupefacientes, la delincuencia y la vagancia, situación que hemos visto crecer en la República Dominicana de los últimos años.

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Los valores y tradiciones que hasta hace poco formaban el mejor atractivo de los extranjeros que visitaban el país, entre las que se enumeraban la hospitalidad, la alegría y la música contagiosa de los dominicanos, se van extinguiendo como secuela de la corrupción, cuya operación requiere de un entramado del que forman parte funcionarios civiles y militares, junto a traficantes de todas las especies.

Hace pocas semanas el emblemático merenguero dominicano Johnny Ventura,  atribuyó la caída del merengue en el gusto de las nuevas generaciones a que el narcotráfico promueve en su contra  la llamada “música urbana”, que incita en muchos de sus temas al consumo de drogas. No hay que buscar muchas explicaciones al porqué de diversas  violaciones de niñas y mujeres, con atracos y asesinatos en las vías públicas.

Males crecientes como la inseguridad ciudadana, los embarazos de adolescentes, la deserción escolar y la crisis familiar no deben ser desvinculados del fenómeno de la corrupción. Los padres que se han pasado toda una vida de trabajos y sacrificios, sin tener ni siquiera una buena casa,  suelen ser cuestionados por la familia que los compara con aquellos en pocos años en puestos públicos ostentan grandes fortunas. En un ambiente corrompido y consumista, los decentes no son el modelo a imitar. De ahí en adelante, la destrucción de los hogares está al doblar de la esquina.

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Donde campea la corrupción, como ha ocurrido en el país en los últimos años, los profesionales éticos y los militares apegados a la ley son vistos como un estorbo. Los intelectuales y los artistas se ven como sujetos peligrosos por naturaleza, aunque no utilicen su talento para enfrentar el estado de cosas.

El solo hecho de ser ciudadanos pensantes, capaces de elaborar una idea transparente, ya los convertía en candidatos al ostracismo y la exclusión. Solo el chapucero y chabacano merecen aliento oficial donde la corrupción es la reina. Por eso se entiende que organizaciones como la Marcha Verde, Participación Ciudadana y personalidades que se le escaparon al entierro que ya les tenían preparado los corruptos, apoyan la disposición mostrada por el Presidente Abinader de perseguir a los ladrones del erario y obligarlos a reponer todo lo robado.

 Aunque la propuesta parezca un sueño, es preferible a la pesadilla sufrida por los dominicanos en los últimos años, que amenazó con desterrar para siempre la esperanza y la alegría que caracterizan a los hijos de Quisqueya.

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