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Lilís: saber esperar

Por Farid Kury

Colaboración/elCorreo.do

PERSPECTIVA: Al estallar la guerra de la Restauración el 16 de agosto de 1863, Ulises Heureaux, (Lilís), tenía solo 18 años y trabajaba como empleado en un almacén de Puerto Plata. Su corazón le llama a abrazar sin vacilación la causa restauradora. Era una guerra patriótica y popular que pretendía restaurar la independencia nacional, que había quedado suprimida el 18 de marzo de 1861 cuando la República fue anexada a España por diligencias de Pedro Santana.

Lilís, valiente desde chiquito, empieza a frecuentar de noche, subrepticiamente, el campamento restaurador. A veces lleva armas o municiones y otras veces informaciones útiles. Pero de madrugaba regresa al pueblo, y a la hora señalada ya se encuentra en el almacén atendiendo los clientes muy quitado de bulla.

Pero una noche participa en un combate y es herido. Entonces decide quedarse en el campamento. Si regresa sería descubierto por los españoles y en el acto fusilado. Desde entonces participa en los combates como un soldado raso, pero la guerra, que siempre es un escenario de crecimiento para los valientes como él, le brinda la oportunidad de demostrar su talento y su bravura. Siempre va al frente, dispuesto, muchas veces en cuero de la cintura para arriba, dirigiendo con un fusil o un machete en manos a sus compañeros.

En esa guerra combate bajo las órdenes del aguerrido general Gaspar Polanco y alcanza el rango de teniente. Poco tiempo después, terminada la guerra, en 1868, en la lucha contra Buenaventura Báez, quien por esos casos absurdos, tan frecuentes en nuestra atípica historia, había vuelto a la presidencia de la República, pese a no participar en la guerra restauradora, y de ser incluso mariscal del ejército español, Lilís comenzó formalmente su carrera militar y política, al ser designado por el general Gregorio Luperón como jefe de vanguardia militar del Partido Azul.

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Gregorio Luperón había salido de La Restauración con un gran prestigio y se encontraba en una lucha tenaz contra Buenaventura Báez que afanosamente pretendía anexar la Bahía de Samaná a los Estados Unidos. Esa guerra es conocida como la guerra de los Seis Años, y muchos historiadores la consideran, con razón, nuestra tercera independencia.

Es en los fragores de esa guerra que entre Lilís y Luperón nace una profunda amistad que lo llevaría luego a la presidencia de la República. Lilís se convirtió en un leal y fiel seguidor del gran caudillo y jefe del Partido Azul, pero también en Luperón surgió una gran admiración hacia el joven discípulo. Luperón, moreno y de abajo, fue hechizado por la valentía de Lilís, pero también por su personalidad fría, que aunque siempre andaba en búsqueda incesante de glorias, nunca se inmutaba ni se perturbaba en medio de los combates.

En ese tiempo quedó evidenciado su carácter, decidido pero calmado, su sangre fría, su astucia, su proverbial astucia, su impresionante habilidad y su ingeniosidad práctica. A diferencia de Luperón, que le gustaba alardear y con facilidad la ira dominaba su espíritu, Lilís nunca alzaba la voz ni presumía de su valor, a pesar de sus nueve heridas de armas blanca y las dos cicatrices de bala.

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Al lado de Luperón fue creciendo en armas y glorias. Valiente y manso, y como quien hace suyo el dicho que dice “la oveja mansa se mama su teta y la ajena” capturó con garras de león el corazón del gran caudillo.

Fue Luperón el primero en ver en Lilís condiciones para gobernar algún día esta media isla caribeña, llamada a ser gobernada, en ese tiempo, con el sable. Con orgullo lo decía en reuniones y tertulias. En el fondo de su alma, ya Luperón no veía a Lilís sólo como un compañero de partido, sino como un discípulo hecho a su imagen y semejanza, y lo trataba como a un hijo. En una ocasión, en una carta a Francisco Bonó, el primero de los sociólogos dominicanos, le dijo: “en el Partido solamente hay tres hombres que pueden gobernar el país: usted, Monción y Lilís”.

Mientras tanto, Lilís, crecido en astucia, simulación y teatralidad, nunca dejaba traslucir, ni por asomo, visos de que pudiera estar interesado en el poder. En los campos de batallas rugía como león, como una fiera aguerrida, pero en las lides políticas, prefería hacerse el tonto, manejándose como todo un maestro, con una fina cautela, tal vez no propia de un hombre formado en la guerra.

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Cuando alguien le hacía referencia a la posibilidad de que pudiera llegar a la presidencia, con toda su calma le decía que él era negro y que el negro era bruto y pendejo. Sí, era negro, pero no pendejo. De pendejo nada tenía. Lo que pasa es que el moreno asumía, como Talleyrand, que “las palabras han sido dadas para encubrir los pensamientos”, no para evidenciarlos. Por eso nunca dejaba traslucir su pensamiento. El sabía que aun su tiempo no había llegado y que debía, sin saltar etapas, saber esperar el momento. No era prudente juchar las avispas sin estar preparado para enfrentarlas.

Así lo hizo. Se mantuvo agachadito, pero con su música por dentro, hasta que teniendo la sartén por el mango asaltó el poder y no lo soltó mientras vivió.

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