Perspectiva

Líbano, entre la religión y la política

Por Farid Kury

Colaboración/elCorreo.do

PERSPECTIVA: En agosto de 2016 arribé a Líbano. Tenía 40 años sin ir al país de los cedros en el que había vivido 12 de mis primeros 14 años. Me tocó a tan temprana edad vivir en medio de la guerra civil libanesa que costó decenas de miles de muertos y heridos, y significó un gran atraso en todos los aspectos. También dividió el país entre musulmanes y cristianos. Aunque el origen de la confrontación fue político, lo cierto es que pronto devino en un conflicto religioso de considerables consecuencias negativas incluso en las relaciones personales entre los libaneses.

La religión en el Medio Oriente tiene mucha influencia. La tuvo antes y la tiene ahora, aunque por suerte ya en menor medida. Después de la Segunda Guerra Mundial los movimientos y partidos políticos de la región, en su gran mayoría, eran de naturaleza laica. La lucha contra el colonialismo y el Estado de Israel se canalizó a través de organizaciones políticas, no religiosas. En todo el Medio Oriente los partidos que adquirieron preeminencia y llegaron al poder eran totalmente laicos.

Fue el caso, por ejemplo, de los partidos Baaz de Siria y de Irak. Llegaron al poder partidos que establecieron gobiernos fuertes, dictatoriales y semi dictatoriales, pero no eran religiosos. No era religioso Gamal Abdel Nasser en Egipto, ni Haffez El Assad en Siria, ni Saddam Hussein en Irak, ni el líder de la OLP Yasser Arafat. En Líbano tampoco tenía preeminencia la división religiosa en la lucha popular. No fue la religión la que movilizó a millones de árabes en todo el Medio Oriente. Fueron las ideas nacionalistas.

Pero en Líbano la guerra civil de 1975 iba a cambiar las cosas. Esa guerra que empezó con una matanza de palestinos en un suburbio de Beirut, desembocó muy pronto en un conflicto entre cristianos y musulmanes. Los cristianos derechistas eran representados por el Partido Falangista (Kataeb), de Pierre Gemayel, y la izquierda libanesa se nutría de los musulmanes y era también aupada por las milicias palestinas, de gran presencia entonces en Líbano.

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Mi madre, Dios la tenga en su gloria, y mis cuatro hermanas salimos de Líbano en  septiembre de 1976 en plena guerra civil. Lo hicimos desde Damasco porque obviamente desde Beirut, envuelta en llamas, era imposible. Entonces se sentía una atmósfera de división y conflictos entre los musulmanes y cristianos. La carga religiosa que había adquirido la guerra era notoria y muy agobiante.

Los cristianos derechistas controlaban regiones completas en las que la vida de un musulmán corría peligros. Lo mismo pasaba en las regiones controladas por los palestinos y la izquierda donde corrían peligros los cristianos. Nosotros vivíamos en Trípoli, la segunda ciudad de importancia de Líbano, que era controlada totalmente por las milicias izquierdistas musulmanas y palestinas.

Ahora bien, en 1979 ocurrió un hecho lejos de Líbano que iba a repercutir en todo el Medio Oriente. Fue la revolución iraní que sustituyó a la dictadura del Shah Mohammed Reza Pahlevi por un régimen autocrático religioso encabezado por el Ayatollah Khomeini. El triunfo de esa revolución iba a ser bien visto por las masas árabes que se sintieron estimuladas a abrazar causas religiosas. Se vio como que los movimientos religiosos podían ser más exitosos en la lucha contra el régimen israelí y también contra las dictaduras árabes. A partir de ese momento empezaron los partidos nacionalistas, democráticos y laicos a perder fuerzas y los movimientos religiosos a predominar. Amén de que hubo una política deliberada del gobierno iraní para extender su influencia a toda la región.

Líbano fue uno de esos países donde la influencia iraní empezó a sentirse a través del partido Hezbolá, fundado en 1982. La derecha maronita empezó a perder terreno y Hezbolá a fortalecerse. La religión y la política se fusionaron y los conflictos políticos siempre tenían motivaciones o planteamientos religiosos.

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En los 30 días que duré en Líbano en 2016 hablé con muchas personas de diferentes religiones y sectas. Dondequiera que iba indagaba, preguntaba, investigaba. Me interesaba saber la influencia de la religión en la vida de los libaneses. Y me llevé una tremenda y agradable sorpresa. Noté una disminución importante de la religión en el comportamiento de los ciudadanos, sobre todo en los jóvenes. Aunque un número importante seguía yendo a los templos religiosos, mezquitas e iglesias,  la juventud cada vez se interesaba menos por los temas religiosos.

Un día hablé detenidamente con Ahmad, el chofer del minibús que habíamos contratado. Era musulmán sunita. La conversación fue larga pero la puedo resumir en eso que me dijo: “Yo soy musulmán por tradición, porque mis padres lo son. Pero lo mío no es la religión. Yo no soy fanático. Yo ni voy a la mezquita. Lo mío es trabajar. Yo quiero ganar muchos dólares para llevar a mis hijos a buenos colegios, buenas playas y buenos restaurantes”.

Con todos los jóvenes que conversé, cada quien a su manera, en el fondo me decían lo mismo. No quieren que la religión siga dividiendo a los libaneses. Lo que les interesa es trabajar, estudiar, ganar dinero y bienestar.

La semana recién pasada tuve la oportunidad de leer un estudio publicado en el periódico El Mundo que confirma lo que palpé en Líbano 4 años atrás. Textualmente el estudio señala: “Encuestas recientes indican que, en todo Oriente Medio e Irán, casi la mitad de la población está perdiendo sus vínculos con el Islam”.

Con respecto a Líbano, dice el estudio: “Tras 25.000 entrevistas en Líbano, realizadas por uno de los mayores encuestadores de la región, el Barómetro Árabe, una red de investigación de la Universidad de Princeton y la Universidad de Michigan, la conclusión es que “la fe personal ha disminuido un 43 por ciento en la última década, lo que indica que menos de una cuarta parte de la población se define ahora como religiosa”.

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Como decimos en Quisqueya: más claro no canta un gallo.

Definitivamente los jóvenes libaneses de hoy no quieren que sus vidas sean pautadas, como en el pasado reciente, por la religión, ni musulmana ni cristiana. Que sean religiosos es una cosa y que las decisiones políticas de una nación sean determinadas por motivaciones religiosas, es otra cosa. Que profesen una religión y que incluso visiten las iglesias y las mezquitas es una cosa, y que sus relaciones personales entre amigos y familiares sean determinadas por componentes religiosos, es otra cosa muy diferente.

Claro, falta mucho por avanzar en ese sentido. Pero estoy convencido de que con la influencia del internet, los medios de comunicación, las redes sociales y de los que regresan al Líbano después de una larga estadía en Occidente, el Líbano se encamina cada día a superar la división religiosa que sumió a ese pequeño y hermoso país en una terrible guerra, cuyas consecuencias, 45 años después, aun se sienten.

Hoy la lucha de los libaneses no es entre musulmanes y cristianos. No es una lucha ideológica ni de creencias. Ni es contra ninguna potencia. Hoy la lucha, de toda la población, musulmanes y cristianos, es contra la corrupción, la galopante inflación y el creciente deterioro de la calidad de vida. La lucha no es religiosa. Es política, económica y social. Es contra la pobreza. Es por vivir mejor.

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