Perspectiva

La Revolución Dominicana del 2020

Por Frank Núñez

Colaboración/elCorreo.do

PERSPECTIVA: Probablemente el  2020 que termina este jueves sea recordado como un año fatídico en muchos países del mundo por la pandemia del coronavirus, que a la fecha ha cobrado un millón 700 mil vidas en todo el planeta, según estadísticas de la Organización Mundial de la Salud (OMS), con unos 80 millones 900 mil contagiados.

La catástrofe global, que en el plano local tiene el grado de epidemia, ha coincidido con una revolución sociopolítica en la República Dominicana que está llamada a imponer cambios en la institucionalidad del país, históricamente burlada por quienes llegan al poder con el criterio de asumir el Estado como un proyecto económico particular.

La República Dominicana vive un proceso revolucionario que se inició en el 2017, 100 años después de la Revolución Rusa que determinó los cambios políticos y económicos mundiales del siglo XX, los mismos que terminaron polarizando a la humanidad en los sistemas antagónicos del socialismo y el capitalismo. Pero eso es harina de otro costal.

Lo que nos interesa es resaltar lo que tiene que ver con la lucha del pueblo dominicano contra la corrupción, iniciada hace tres años con la Marcha Verde, seguida con las protestas contra los proyectos de reforma constitucional por el simple interés del mandatario de turno en reelegirse, en la explanada del Congreso Nacional,  y la posterior manifestación de la juventud dominicana frente a la Plaza de la Bandera, en oposición a los planes fraudulentos de la Junta Central Electoral (JCE) que culminaron con la anulación de las elecciones municipales del 15 de febrero.

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La Revolución Dominicana del 2020 se inició desde que las mayorías se identificaron con el discurso anticorrupción de organizaciones cívicas que llevaban décadas en sus prédicas, pero que, enfrentadas a una arraigada cultura  clientelista, no llegaban a incidir más allá de la clase media intelectualizada. Fue en el 2020 que las protestas callejeras amplificadas en las redes sociales, ahora convertidas en medios de expresión por excelencia de las mayorías, determinaron una nueva actitud desde el Estado frente al cáncer de la corrupción que empobrece y envilece al país.

Una revolución sin revuelta

El joven historiador español Julián Casanova publicó en el 2017, a propósito del centenario de la Revolución Rusa del 1917, el libro de investigación titulado La venganza de los siervos, en el que describe cómo el atraso en que cayó la patria de León Tolstoi con relación a naciones europeas como Inglaterra y Francia, muy especialmente en lo que respecta a las relaciones de los trabajadores con los aristócratas y terratenientes, provocó una de las revoluciones más bruscas y violentas del viejo continente.

“En uno de los países más grandes del mundo, el poder pasó en un período muy corto de tiempo, en menos de un año, de una autocracia tradicional, que hundía sus raíces en el medioevo, a los revolucionarios marxistas. El capitalismo y el mercado desaparecieron e instituciones básicas e históricas como la familia o la religión sufrieron una profunda transformación”, refiere Casanova para explicar por qué la rusa se trató de una revolución y no de una simple revuelta.

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El historiador comenta que el término “revolución” se utiliza constantemente de forma ambigua e imprecisa, hasta confundirse con “revuelta” o “rebelión”, pero que “casi siempre implica una ruptura con el pasado, un cambio de las relaciones entre la gente y sus modo de vida. Eso es lo que ya percibió el duque de Liancourt cuando en la mañana del 14 de julio de 1789, con la multitud en las calles gritando “a la Bastilla, a la Bastilla”, respondió a la pregunta de Luis XVI, “es una revuelta?”, con la famosa sentencia: “No, Señor, es una revolución”.

Un historiador francés del siglo XIX, Fustel de Coulanges, en su ensayo La Ciudad Antigua, relata los procesos revolucionarios que transformaron la sociedad humana desde la Antigüedad hasta la modernidad. Refiere el cambio que se da en la gente “como consecuencia del desarrollo natural del espíritu humano, el cual, al destruir  las antiguas creencias hizo desplomarse al mismo tiempo el edificio social que había levantado y que ellas solas podían mantener”.

De manera que, en el 2020 no se registró una revuelta armada en República Dominicana como ocurrió en abril de 1965, pero sí hubo un cambio de actitud de las mayorías frente al poder, que terminó derrocando en las urnas al gobierno del Partido de la Liberación dominicana (PLD), que encabezaba Danilo Medina, y que buscaba prolongarse con su alter ego, Gonzalo Castillo, conocido como El Penco.

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La victoria de Luis Abinader en las elecciones del 5 de julio, más que por su condición del líder del entonces opositor Partido Revolucionario Moderno (PRM), tuvo su explicación en que se identificó con la revolución dominicana del 2020.

Revolución y Pandemia

Entre las cosas que demuestran que el país vive un ambiente revolucionario es que la sociedad se mantiene empoderada de los procesos de corrupción contra los funcionarios del pasado gobierno de Danilo Medina y sus testaferros, con la consigna de que no basta con apresarlos y condenarlos sino de que deben devolver lo robado.

Los corruptos de hoy tienen la desventaja de que los pueblos pueden darle seguimiento por las redes sociales y en los medios de comunicación, lo  mismo que a las autoridades que por ley tienen el deber de juzgarlos y sancionarlos.

La pandemia del coronavirus ha creado serias limitaciones para que los que iniciaron la revolución dominicana del 2020 puedan seguir los procesos de manera presencial como lo hicieron las masas de las revoluciones francesa y rusa, del 1789 y 1917,  respectivamente, pero se observa que las mayorías se mantienen ojo avizor, de manera virtual con las redes sociales, observando para que el proceso revolucionario no se detenga, hasta imponer el imperio de la ley, la constitucionalidad, la transparencia y la institucionalidad.

Debe advertirse a los políticos que intenten ignorar el proceso revolucionario del 2020 que en lo adelante no tendrán nada que buscar en las luchas por el poder en República Dominicana.

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