Perspectiva

Juan Bosch en el golpe de Estado (1 de 3)

Colaboración/elCorreo.do

PERSPECTIVA: Aquella noche, 24 de septiembre de 1963, día de la Virgen de las Mercedes, patrona del pueblo dominicano, Juan Bosch, el presidente de 53 años que había ganado las elecciones del 20 diciembre de 1962 con el 60 por ciento de los votos, estaba tenso y perturbado. En condiciones normales no era dado a sentirse así. Pero aquella noche no era normal.

En la atmósfera flotaba un fuerte olor a golpe de Estado. Se sabía que los militares adversos al presidente conspiraban para derrocarlo. En realidad, desde que asumió la presidencia de la República siete meses atrás, el fantasma de un golpe rondaba incesantemente sobre su cabeza como una espada desenvainada.

El presidente no estaba ajeno a las conspiraciones. Por diversas fuentes había sido informado de lo que en la sombra se fraguaba. El propio secretario de las Fuerzas Armadas, Víctor Elby Viñas Román, le había sugerido no dormir en su casa. Incluso en la mañana un amigo confiable  le había advertido de un plan para matarle. En principio la advertencia no pareció preocuparle demasiado. No era de los que cedían  fácilmente al pánico. Y tal vez pensaba que los conspiradores no eran tan osados como para pretender su eliminación física.

De todas maneras no era la primera vez que el presidente se enfrentaba a la posibilidad de una asonada militar. Ya el 12 de julio había tenido que ir a la Base Aérea de San Isidro para neutralizar una intentona. Aquella vez, los militares presentaron una especie de ultimátum exigiéndole una política de persecución contra los comunistas. Entonces hubo de empeñarse a fondo para  convencerlos  de la improcedencia para la incipiente democracia dominicana de lo que pedían.

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Su mensaje fue claro y contundente: mientras él fuera presidente no habrá persecución contra los comunistas ni contra nadie. Les dijo que había llegado al poder para establecer un Gobierno democrático para todos y en ese Gobierno no podrá haber democracia para unos y dictadura para otros.

En aquella ocasión el presidente tuvo éxito en neutralizarlos. Pero sólo momentáneamente. En sus cabezas seguía rondando la idea de que Juan Bosch era comunista, o muy débil con los comunistas, y por tanto debía ser derrocado, aunque por ahora no era oportuno insistir. Sólo había que esperar una mejor oportunidad.

Pero aquella noche los rumores de una nueva intentona estaban demasiado calientes. Al presidente le habían informado de movimientos inusuales en la base de San Isidro desde donde se orquestaba la conspiración. En un intento de solucionar  parte de los conflictos con las Fuerzas Armadas, había mandado buscar, por mediación del secretario castrense, al general Miguel Atila Luna Pérez, jefe de la Aviación, y al coronel Elías Wessin y Wessin, señalados como jefes principales de la conspiración en marcha. Pero los militares, desafiantes, se habían negado a acatar las órdenes del presidente.

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En todo eso pensaba cuando llegó al despacho presidencial. Allí había ido a reunirse con la plana mayor de los militares y a dormir en la suite presidencial. No había olvidado el consejo de su amigo ni la sugerencia de Viñas Román de no dormir en su casa. Perfectamente lo recordaba y actuaba en consecuencia. A su llegada lo primero que hizo fue ordenar duplicar el número de guardianes del Palacio Nacional de 60 a 120.  A esa hora también empezaban a llegar colaboradores y amigos para estar junto al presidente en esa hora crítica.

El panorama no pintaba nada bueno. El presidente era un hombre creyente a capa y espada en los fundamentos de la democracia. Y no estaba dispuesto a ceder un ápice en ese sentido. Los militares y sus socios no creían en nada de eso. Y éstos, en realidad, tampoco estaban dispuestos a alterar sus propósitos. Si el presidente pensaba que conversando con ellos en Palacio lograría disuadirlos o simplemente neutralizarlos estaba equivocado.  Lo que había logrado en julio en San Isidro ahora no sería fácil lograrlo. Ahora los militares, el clero, la oligarquía y los políticos contrarios al Gobierno, estaban  más unificados y compactos.

Habían estado trabajando arduamente  en la creación de las condiciones para el derrocamiento del Gobierno. Habían formado una llamada Asociación Dominicana Independiente y a través de ella habían movilizado a millares de dominicanos en las marchas de Reafirmación Cristiana que no eran más que mítines antigubernamentales en los que se acusaba al presidente de comunista. Y en adición a eso habían convocado a una huelga general patronal que había paralizado el país apenas días antes.

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Definitivamente, los militares no estaban preparados para ser parte de un régimen democrático y sin corrupción. El presidente había eliminado, o mejor dicho, intentado eliminar, de los cuarteles las comisiones y las compras sobrevaluadas dirigidas muchas veces no a satisfacer necesidades reales, sino a complacer los apetitos insaciables de quienes se habían propuesto hacerse ricos a costa del Estado. En el presidente Juan Bosch veían a un adversario de esas pretensiones. No podían tolerar la presencia de un presidente honrado, democrático e incapaz de mancharse o de permitir que funcionarios de su Gobierno hicieran de la corrupción un método de acumulación de riqueza. Un presidente así debía ser derrocado.

El enfrentamiento era inevitable. Era un enfrentamiento entre ideas y procederes diferentes. No había manera de conciliar el proceder democrático y honesto del presidente con el proceder antidemocrático y corrupto de los conspiradores, que estaban, no sólo en los cuarteles, sino también en las altas esferas de la sociedad y en los partidos políticos que habían perdido las elecciones del 20 de diciembre. Ahora solo faltaba saber quién ganaría la partida. Esa era la realidad cuando el presidente Bosch se marchó a reunirse con la cúpula militar.

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