Perspectiva

Jesús y Herodes

Por Farid Kury

Colaboración/elCorreo.do

PERSPECTIVA: De adolescente llegué a escuchar y hasta a participar en algunas discusiones sobre si Jesucristo existió o no. Eran, sin duda, discusiones bizantinas, pero propias de la época de la Guerra Fría y del predominio del fanatismo de las ideologías. Hoy esos temas generan escasas inquietudes. Por suerte, ya hay consenso respeto a su existencia. Ni siquiera los más ateos cuestionan haber existido. Hasta la ciencia, mediante la arqueología y la historia, acepta la idea de que ciertamente existió y murió, tras ser apresado, enjuiciado, condenado y crucificado en la cruz, que era una muerte normal donde la imperial Roma gobernaba.

Unos lo ven como un personaje histórico que vivió en un contexto social e histórico determinado, y otros como el hijo de Dios que vino al mundo a salvarnos del pecado. De todas maneras, sea como fuere, se trata del personaje, histórico o religioso, o ambas cosas, de mayor influencia en el pensamiento espiritual de la humanidad. El mundo se divide en antes y después de Cristo, y eso por sí solo habla clarísimo de su grandeza.

Nació entre 4 y 6 años antes de nuestra era. ¿Por qué se afirma que nació en esa fecha? Sencillo. Herodes el Grande murió el año 4 antes de Cristo, y Cristo nació estando vivo Herodes. Se presume que pudo ser un par de años antes de su muerte. Por esa razón los historiadores, tanto los de la antigüedad como el judío Flavio Josefo y los romanos Tácito y Seutonio, como los de ahora, concluyen que ese lapso de tiempo es el más adecuado para ubicar la fecha del nacimiento del niño Jesús, que marca la celebración de las navidades en el mundo cristiano.

Nació en un establo, no en un palacio. Y como todos los establos debía ser oscuro, sucio, descuidado y maloliente. Ahí nació el más puro de los nacidos cuyo nombre habrá de perdurar mientras haya vida en esta tierra. Pero Jesús no nació para reinar en este mundo. Él mismo dijo que su reino no era de este mundo. Pero cuando nació gobernaba Judea un rey  criminal y despiadado llamado Herodes El Grande, que siendo supersticioso creyó que ese niño era el rey anunciado para gobernar a Israel, y por tanto podía quitarle su trono. Fue cuando vinieron desde Oriente los tres famosos Reyes Magos a Jerusalén, siguiendo una estrella que debió ser muy grande y llamativa,  y que anunciaba el nacimiento de un niño, que de acuerdo a la profecía,  sería rey de los judíos.

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Herodes, que no era judío, era un rey que había matado a tres hijos suyos y dos  de sus mujeres, a su suegra, a varios hermanos y a centenares de su pueblo. Era un déspota, un paranoico que en todo veía una conspiración para destronarlo. Es conocido como uno de los reyes más brutales no solo de Israel o de Roma, sino de todo el mundo y de todos los tiempos.

Es ese rey que gobierna Judea, con el apoyo absoluto de Roma y del propio emperador Augusto, con quien mantenía excelentes relaciones, cuando nace Jesús en un establo de Belén. Y es ese rey quien se monta en cólera, se enfurece y  cuyo bárbaro corazón se sobresalta y manda a matar a todos los niños menores de dos años. Con esa matanza pretendía eliminar la posibilidad de que ese niño, acabado de nacer, le quitara en un futuro el trono. Todo es por el trono.

Han surgido con el tiempo diversas conjeturas sobre esa matanza. Unos dicen que realmente no existió, y éstos argumentan, como una de las pruebas, que en ninguno de sus textos  el historiador judío por excelencia, Flavio Josefo, que era además un historiador muy adverso a la figura de Herodes, hace mención de esa matanza. Otros dicen que sí existió pero que no podía alcanzar la categoría de matanza puesto que Belén era un diminuto poblado de pocos habitantes y que los niños que tuvieran menos de dos años debían ser muy pocos. Pero hay otros teólogos y también historiadores que establecen con documentos que esa matanza realmente existió.

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De todas maneras, acogiéndonos a la biblia, y concretamente a lo que establece Mateo en el Nuevo Testamento, tenemos que algún tipo de preocupación y perturbación le generó al malvado Herodes el nacimiento de Cristo. De mi parte se me ocurre preguntar: Quién había hecho matar a sus hijos, a sus hermanos y a sus mujeres ¿Qué le podía impedir mandar a matar a hijos que no eran suyos? ¿Acaso este bárbaro no era capaz de masacrar  a quienes no había engendrado habiendo matado a quienes había engendrado?

Nadie supo entonces, y aun no se sabe, cuantos fueron los niños degollados a causa del miedo del supersticioso y brutal Herodes. Tan criminal y tan cobarde que le cogió miedo a un niño acabadito de nacer. Lo que sí se sabe es que entre los muertos estuvo un hijo de él que estaba criándose en Belén. También, por supuesto, sabemos que entre los muertos no estuvo Jesús. Dicen las sagradas escrituras que un ángel advirtió a José de lo que estaba ocurriendo y éste inmediatamente, protegido por la oscuridad de la noche, se levantó y tomó a María y a Jesús y como fugitivos huyeron hacia Egipto. Es decir, al mismo lugar donde catorce siglos antes Moisés, el primer libertador de los judíos, había sacado el pueblo hebreo y lo había conducido a través del desierto, hasta llegar al Jordán. Cristo, guiado por José y María, le toca hacer la ruta al revés. En Egipto, tierras de faraones y pirámides, de magnificencias y de dioses, esconden a Jesús, hasta la muerte del rey malvado.

Esa muerte ocurrió apenas dos años después de nacer Cristo y del degüello de los niños. Su muerte fue merecidamente terrible. Antes de morir su cuerpo fue corrompido a causa de una gonorrea que lo llenó de gusanos. Sus piernas se hincharon, le faltó el aliento y le hedía la boca insoportablemente. Sintió tanto asco de sí mismo que intentó, infructuosamente, suicidarse con un cuchillo. Quiso morir y no pudo hacerlo cuando quiso. Estaba llamado a sufrir más.

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El destierro en Egipto dura poco. Regresan  a la casa paterna de Nazaret, la del carpintero José. Los evangelistas canónicos es muy poco, casi nada, lo que cuentan de esa época. Pero debemos presumir que pasó un buen tiempo ayudando a José en el taller de carpintería, hasta que empezó a frecuentar el templo y a asumir su vocación, que era la de predicar. Unos dirán que no se trataba de vocación sino de la obra para el cual había nacido.

Es la época en que asume el papel del profeta. Y como profeta es un hombre sin riqueza, sin armas, sin ejército. Anda rodeado de pastores, pecadores y pescadores. Su arma es su voz, una solitaria pero poderosa voz, que no promete poder ni riqueza, sino eternidad. No es rey ni filosofo ni sacerdote. Es profeta. Solo un profeta. Su espada es la palabra que dice viene de lo alto. No es soldado ni  guerrero, pero está dispuesto a morir con el mayor de los sacrificios para hacer cumplir los planes de Dios y para salvar a los hombres.

Fue la época en que experimentó el poder de la meditación y de la soledad. Caminó mucho, predicó, hizo milagros, curó enfermos, levantó muertos, multiplicó los panes y los peces. La alianza de Jesús fue con los de abajo. Los de arriba, agrupados en el sanedrín, lo vieron como un enemigo, como un peligro. Lo acusaron de todo, lo vilipendiaron, lo torturaron. Y al final lo mataron. Pero él nunca falló, aunque en un momento dado, estando en el calvario de la cruz, se le oye quejársele al Padre de haberlo abandonado. Con todo, Jesús, El Hijo de Dios, nunca se desvió de la esencia de su mensaje, que era un mensaje de amor, de perdón y de bondad. Esa es la esencia del mensaje de Jesús, el Cristo, aunque no estoy seguro que también sea la esencia del cristianismo de hoy.

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