Perspectiva

Irán-EE.UU: ¿De la hostilidad a la amistad?

Colaboración/elCorreo.do

PERSPECTIVA: Contrario a lo que pudiera creerse la construcción de centrales  nucleares en Irán no empezó en 1979 con la revolución islámica del ayatollah Khomeini. Empezó, con el apoyo de Estados Unidos y Europa, con el shah Mohamed Reza Pahlevi, que había llegado al poder en 1953 tras el derrocamiento del primer ministro Mohamed Mosadeq. Es decir los mismos que invalidan al Irán de hoy para tener armas nucleares estimularon al Irán de ayer para tenerlas.

Para la década de los setenta Irán tenía varias centrales nucleares en marcha, y unos meses antes de su derrocamiento, el shah estaba a punto de terminar la primera central nuclear. De hecho, su ambición era tener nada menos que 23 centrales nucleares para el 2000.

Todo eso se vino abajo en 1979. El régimen islámico anunció que las armas nucleares eran contrarias al Islam. Y además, en 1981 Irán fue atacado por Irak y se vio envuelta en una guerra prolongada de ocho años que dejó el país totalmente arrasado.

El Irak de Saddam Hussein fue apoyado por Europa, Estados Unidos y todos los países árabes, menos Siria. Tal vez eso explique el apoyo incondicional que Irán mantiene al régimen de Siria.

Esa guerra puso a Irán a pensar en la necesidad de tener armas nucleares a modo de disuasión. La conclusión que sacó el liderazgo iraní es que si hubiesen seguido el programa nuclear del shah no hubiesen sido atacados. Tener armas nucleares, en consecuencia, se convirtió en un serio desafío que debían encarar para darse a respetar en un mundo hostil.

Las centrales nucleares desarrolladas por el shah fueron bombardeadas y destruidas por Irak. Por tanto, había que empezar de cero en un momento en que la economía, producto de la guerra, estaba muy crítica. Por eso, hubo que esperar hasta 1995 para pensar seriamente en tener una central nuclear. Esta vez no con la tecnología alemana, sino rusa. A partir de ese momento atacar a Irán era como atacar a Rusia. Y ahí las cosas cambian. Porque las grandes potencias se respetan. Irán fue protegida por el poder disuasivo de Rusia.

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En realidad hasta ahí no hubo problemas. Con o sin apoyo de los rusos no era un problema que tuvieran centrales nucleares. El asunto vino a complicarse en 2002 cuando Irán dio señales de querer enriquecer uranio en cantidades importantes con lo cual podía tener bombas atómicas. Hasta la propia Rusia cuestionó esa decisión.

Las relaciones de Irán con Europa y Estados Unidos se tornaron muy tensas. Y aunque Irán dijo una y otra vez que estaban enriqueciendo uranio para fines pacíficos no se le creyó. No se confiaba en un régimen que a diario calificaba a Estado Unidos de ser el imperio del mal y amenazaba con borrar de la faz de la tierra a Israel. Luego de mucho tira y afloja Irán aceptó que sus centrales sean inspeccionadas por  Francia y Alemania. Pero aquello fue un proceso muy tortuoso, envuelto de evasivas de los iraníes y de incertidumbres y  dudas de los inspectores.

George Bush no deseaba llegar a acuerdos con Irán. Y en Irán el radical presidente, Mahmud Ahmadinejad, tampoco le interesaba pactar con los gringos. La solución fue la de siempre: la administración Bush estableció fuertes sanciones económicas contra Irán y el gobierno del país de las alfombras persas trató de resistir mientras seguía desarrollando sus programas nucleares.

En enero de 2009 llegó al poder Barak Obama y las cosas cambiaron. Obama tenía un enfoque muy diferente a su antecesor. A diferencia de Bush que era unilateralista, Obama creía en el multilateralismo, por lo que convenció a sus aliados europeos y a la propia Rusia a sumarse a la cruzada de forzar a Irán a negociar.

En realidad Irán no necesitaba de muchas presiones para negociar. Aunque los persas son expertos en simular sus intenciones, en realidad estaban locos por negociar. La crisis económica desatada a raíz de las sanciones era terrible. Decenas de miles de millones de dólares dejaban de entrar a la economía por no poder vender su petróleo. Así, las condiciones estaban dadas para negociar. Obama tenía el interés de forzar a Irán a abandonar su programa nuclear e Irán quería salir de su crisis económica.

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Y efectivamente, luego de muchas negociaciones, llegaron a un acuerdo: Estados Unidos levantaba las sanciones económicas e Irán  limitaba considerablemente su capacidad de enriquecer uranio.

Un acuerdo ganar-ganar. Obama lo anunció como un logro de su administración con estas palabras: “Hoy, gracias a que América ha negociado desde una posición de fuerza y de principios hemos frenado la expansión de armas nucleares en la región del Golfo Pérsico”.

Todo parecía marchar de mil maravillas. Pero en el tablero geopolítico había dos naciones influyentes que  les desagradó ese acuerdo: Arabia Saudita e Israel. Y para rematar en 2017 Donald Trump llegó al poder, y éste era aliado y amigo tanto de Israel como de la monarquía saudí, con quien le encanta hacer negocios, incluso personales. Ahí ocurrió un vuelco de las relaciones norteamericanas con Irán. En 2018 Trump anunció al mundo, sorpresivamente, la retirada unilateral de Estados Unidos del acuerdo con Irán, acompañada  de sanciones económicas.

Se trataba de una declaración de guerra a Irán. Con esas sanciones Irán se convertía de nuevo en un paria internacional donde le era vedado vender su petróleo. Hoy es demasiado el dinero que no  entra a la colapsada economía iraní. La inflación es de 2 dígitos y el desempleo no para de crecer.

El triunfo de Joe Biden ha abierto la posibilidad de salir de este atolladero. Irán, sin perder tiempo, anunció su decisión de volver a enriquecer uranio en cantidades importantes. Pero  en realidad ¿Es eso lo que quiere Irán? En mi opinión no, no es eso. Lo que quiere es que se levanten las sanciones,  volver al mundo a atraer inversiones y poder vender los 4 millones de barriles de petróleo que produce diariamente.

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Aunque no lo parezca, en Irán predomina ya la idea de que la animadversión hacia Estados Unidos ha causado mucho daño al país. En Irán está tomando fuerza el criterio de que es hora de dejar el extremismo atrás y de establecer una política exterior basada no en ideologías fanáticas, que no han hecho más que dañar ese país, sino en una más pragmática y realista.

Irán quiere negociar y está presionando para que se quiten las sanciones antes de sentarse en la mesa de negociaciones. Joe Biden quiere lo contrario . Quiere forzar a Irán a negociar con las sanciones mantenidas. Ambos saben que se van a ver de frente y  cada quien quiere doblarle el pulso al otro antes de verse cara a cara.

En ese contexto la mejor opción para Joe Biden es también ser realista como lo fue Obama. A Irán no la pueden doblegar con sanciones económicas. Y la opción de la guerra no es viable porque ni los rusos ni los chinos lo permitirían. Lo que queda es llegar a acuerdos. Total, mientras más Estados Unidos y Europa le cierran los caminos a Irán más la empujan a los fuertes y largos brazos de los rusos y chinos. El camino de Biden es la diplomacia. Irán es una gran nación, un gran mercado, y debe ser integrada al mundo.

China y Turquía son dos ejemplos de que se pueden superar los conflictos e integrase al mundo. Turquía lo hizo con Mustafá Kemal Ataturk y China con Deng Xiaoping. A esas naciones Occidente ayudó para adoptar ese camino y ambos casos han sido todo un éxito. Ahora es el momento de brindarle a Irán la posibilidad real de transitar  por ese camino. Ojalá que estemos en la antesala de pasar de la hostilidad a la amistad.

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