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Hostos y Bosch: el valor de la honradez

Por Farid Kury

Colaboración/elCorreo.do

PERSPECTIVA: No hay manera de leer, como lo acabo yo de hacer por segunda vez, la maravillosa biografía que el profesor Juan Bosch escribiera con el título de “Hostos, el sembrador” y no quedar enamorado del gran Maestro antillano Eugenio María de Hostos.

Créanme, no la hay. Pese a que fue escrita cuando aun el profesor no era el gran escritor que llegaría a ser décadas después, se nota a un Bosch depurado. Su prosa es limpia, comunicativa, impactante y cautivante. Bosch, ya en ese momento, tiene el poder de fascinar al lector. Sus palabras, como las de José Martí y Hostos, son fascinantes y seductoras.

Leí esa biografía en los ochenta, a poco de encontrarme con las obras de Juan Bosch. Yo era un enamorado de Bosch, de sus ideales y de su prosa, y al conocer a Hostos a través de Bosch, quedé también, como muchos, enamorado de Hostos. Volví a leerla ahora y de nuevo la disfruté.

Cuando Bosch escribió ese libro estaba impactado por Hostos. A Bosch le había tocado, al llegar a Puerto Rico en 1938, cuando se negó a aceptarle a Trujillo ser diputado en su dictadura, leer las Obras Completas de Eugenio María de Hostos, que iban a ser editadas y publicadas con motivo del centenario del patriota puertorriqueño.

Para esa honrosa tarea fue contratado por un nieto de Hostos. Aquel fue un fortuito acontecimiento, que sería decisivo en su vida. La casualidad, que es una categoría histórica, se presentó cuando a poco de pisar La Isla del Encanto, Bosch llegó una mañana en busca de trabajo a la librería Carnegie, que era dirigida por Adolfo Hostos, y tan pronto vio al profesor, cuyas obras literarias conocía, no dudó en contratarlo para la revisión y supervición de la obra completa de su abuelo.

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El impacto que Bosch sintió en lo más hondo de su alma al estudiar a profundidad la obra del Maestro, lo marcó para siempre. Nunca jamás dejaría de ser por convicción hostosiano, aun cuando con los años llegaría a conocer, estudiar y a asumir a pensadores como Carlos Marx y Federivo Engels. El haber sido marxista no implicó una renuncia al hostosianismo.

De ese impacto él nos habla. Lo hace en el prólogo de su “Hostos, el sembrador”, cuando advierte:

“Si mi vida llegara a ser tan importante que se justificara algún día escribir sobre ella, habría que empezar diciendo: ‘Nació en la Vega, República Dominicana, el 30 de junio de 1909, y volvió a nacer en San Juan de Puerto Rico a principios de 1938, cuando la lectura de los originales de Eugenio María de Hostos le permitió conocer que fuerzas mueven, y cómo la mueven, el alma de un hombre consagrado al servicio de los demás’ “.

Mas claro ni el agua. Hostos es un sembrador. Es el sembrador por excelencia. Su siembra lo convierte en una figura reverenciado y respetada. Es el puertoriqueño de mayor relieve internacional. Y a su paso por América, España y Estados Unidod va sembrando amor por la verdad, la razón y la libertad. Amor por la patria, que para él es toda las Antillas, e incluso, toda América. No por casualidad es llamado “Ciudadano de América”.

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Asume la política con moral y honradez. Para él, la moral es intrínseca a toda actividad humana, incluyendo la política. La política sin moral es perversidad. Es degradación. La política, como ciencia del poder, escribe, es escencialmente moral.

En esa fuente cristalinas bebe Juan Bosch y a esa fuente sería leal toda su vida. Funda dos partidos y en ambos la moral va primero. Llega a la presidencia por breve tiempo y la moral va primero. Para volver a la presidencia no hipoteca su moral. Para él la moral no debe subordinarse a la política sino la política a la moral.

En la vida de Juan Bosch abundan los hechos que lo acreditan con una autoridad moral incuestionable. Su autoridad política viene dada por su autoridad moral.

Al final del prólogo de su Hostos, el Sembrador, nos narra un episodio que retrata en cuerpo y alma al hombre moral que fue su vida.

Se trata de las razones que lo llevaron a no participar en un concurso organizado por la Comisión Pro Centenario de Hostos. Y lo hace de esta manera:

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“En el programa de la Comisión Pro Centenario de Hostos, había un premio para la mejor biografía del maestro que fuera enviada al concurso abierto por la Comisión. Pero mi biografía no fue escrita para ese certamen, ni podía serlo si yo era un hostosiano legítimo; pues, en lo que se refería al conocimiento de la vida de Hostos, yo había sido un privilegiado, no sólo porque me había tocado la fortuna inmerecida de supervisar el traslado a maquinilla de todos sus originales -y por esa razón tenía que conocer su obra mejor que nadie-, sino, además, porque había estado recibiendo por esa tarea un salario. Había estado viviendo de la obra de Hostos como un buitre de las entrañas de un cadáver; y aprovecharme de esa situación para enviar al certamen una biografía de Hostos me daba sobre todos los posibles biógrafos una ventaja que no podía usar sin convertirme automáticamente en un ser abyecto, indigno de llamarme hostosiano”.

Eso se llama grandeza, integridad y honradez. ¡Cuanta grandeza había en Juan Bosch! ¡Cuan grande era el valor de la honradez en Juan Bosch, un hombre, como Hostos, es un Ciudadano de América.

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