Perspectiva

El retorno de las cacerolas y los cambios combinados del 2020

Por Frank Núñez

Colaboración/elCorreo.do

SANTO DOMINGO: Crece entre la comunidad pensante de la República Dominicana el convencimiento de que en este apocalíptico 2020, zarandeado entre las crisis sanitaria y económica, en el plano sociopolítico se registraron dos cambios, que, aunque operaron en forma combinada, constituyeron las expresiones que reflejan los signos de los tiempos.

Se repite cada vez más que, de enero a noviembre, junto a un cambio de Gobierno en el plano político, a nivel de la población hubo un cambio de actitud como conglomerado social. El hasta entonces aletargado, adormecido y hasta encanallado pueblo dominicano, pareció despertar de un sueño invernal el 15 de febrero antes del mediodía, cuando el entonces presidente de la Junta Central Electoral (JCE) les pidió a los votantes, en fila, listos para ejercer el sufragio, que se fueran para sus casas hasta nuevo aviso, porque las elecciones se habían suspendido.

Pocos olvidan las palabras del abogado Juárez Castillo, lanzadas como mandarriazos al muro de la conciencia nacional, frente a Julio César Castaño Guzmán y demás miembros del entonces Pleno de la JCE, recordándoles que lo que hacían era un irrespeto sin precedente a la población, una burla a los principios democráticos y un desprecio olímpico al derecho ciudadano a elegir y ser elegido, en una nación regida por instituciones.

Al parecer, ese fue el momento en que los titulares del órgano de elecciones, tan adormecidos como el pueblo por un somnífero de marca oficial, también comenzaron a despertar. Y en lo adelante este país comenzó a ser otro, como si hubiera nacido a una nueva vida. Ocurrió una ironía de la historia, otra vez tuvo que ser en febrero.

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Desde la misma noche del 15 de febrero,  jóvenes y no tan jóvenes, provenientes en su gran mayoría de las capas medias de la sociedad comenzaron a concentrarse en la Plaza de la Bandera, justamente frente al edificio que aloja las oficinas de la JCE, y lo que en principio fue un reclamo al respeto a la voluntad popular y extendió al repudio por la corrupción gubernamental que se hacía cada vez más evidente, frente a un pueblo sometido a grandes carencias  en salud, educación, seguridad y trabajo.

Las consignas contra la corrupción y la impunidad que se coreaban en la Plaza de la Bandera se amplificaban en las redes sociales, desde Facebook, Instagram y Twitter. Después vinieron los cacerolazos, que es un tipo de protesta desde el hogar, protagonizada por gente que no suele evidenciar con tanta claridad su indignación e impotencia. Y así llegaron las elecciones municipales anuladas un mes después de la fecha original, y el pueblo pudo vengarse de sus burladores. Con todo y que en eso arrancó la pandemia del coronavirus y vinieron los estados de emergencia y los toques de queda, el mismo pueblo quiso darle el tiro de gracia el 5 de julio a quienes entendía enemigos de la institucionalidad y la transparencia.

El retorno de los cacerolazos

Con un discurso de cambio, el hoy presidente Luis Abinader conquistó el voto mayoritario de la población que había despertado del sueño en que la mantenía el PLD y su Gobierno de Danilo Medina, que parecía ser eterno, con amenaza de encarnarse y seguir en su alter ego Gonzalo Castillo (el Penco). El primero que luce convencido de que además del cambio de Gobierno iniciado el 16 de agosto, también hay un cambio de sociedad, que se mantiene vigilante a las promesas que le hizo al electorado de castigar la corrupción de los que fueron echados del poder y de los que le acompañan en su administración, si fuere necesario, es el presidente Abinader.

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Abinader sabe, según las actuaciones que pueden observarse, que el cambio de Gobierno si no va de la mano con el cambio de la sociedad, caería en una posición autodestructiva. Por algo el nuevo gobernante, horas después de ser juramentado designó al frente de la Procuraduría General de la República a la magistrada Miriam Germán Brito y a la ex fiscal del Distrito Nacional Yeni Berenice Reynoso como procuradora general adjunta, con plenos poderes para iniciar de forma independiente una nueva etapa en el Ministerio Público acorde con los cambios de Gobierno y de sociedad.

En segmentos importantes de  votantes comenzaba a reinar hasta el domingo  la desesperanza ante lo que veían como poco probable que se comenzara a perseguir a los que consideran corruptos del pasado gobierno. Ente los que encabezaron las protestas en la Plaza de la Bandera, que también habían participado en las anteriores marchas verdes contra la corrupción, se hablaba de que si no se atendía a la consigna: “Los queremos presos!”, en enero retornarían a las protestas callejeras, con todo y las medidas dispuestas por las autoridades para detener los contagios por coronavirus.

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El pasado domingo, a las ocho de la noche,  volvió a escucharse el toque de las cacerolas en las principales urbanizaciones de la clases altas y medias de la capital, sonido estentóreo que se trasladó a las barriadas populares. Desde las mansiones de Arroyo Hondo hasta los edificios y torres del Naco, el Piantini, Bella Vista y Los Cacicazgos sonaron también calderos, sartenes, cucharas, cucharones, cuchillos de mesa y otros utensilios de cocina. Pero también en Herrera y Capotillo.

En febrero se trató de un estímulo aversivo contra la corrupción, la impunidad y la burla a la institucionalidad. Lo que se buscó esta vez fue estimular asertivamente, de acuerdo a lo externado en las misma redes sociales, a las autoridades representantes del Ministerio Público,  para que continúen sus apresamientos  iniciados en horas de la madrugada,  en persecución de todo el que entiendan culpable de desfalcar al Estado, en perjuicio de una sociedad en cambio irreversible. ¡La insistente consigna “! los queremos presos!”, es solo una expresión del mismo cambio.

Es evidente que vivimos un cambio de gobierno y un cambio de sociedad, con un PLD que se resiste a cambiar, convencido de que puede seguir en un pasado que este año fue dejado atrás.

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