Perspectiva

El que se queja mucho hace poco

Por Farid Kury

Colaboración/elCorreo.do

PEERSPECTIVA: El artículo de esta semana no es de historia ni de política. Es sobre la queja y sus consecuencias.

Visité la semana pasada una persona y desde que me vio no dejó de quejarse. Se quejó de su trabajo, de su jefe, de lo que gana, de su familia, etc…Lo que debió ser una buena conversación se convirtió en algo tedioso.

Me sentí agobiado, abrumado, casi asfixiado. Pero la escuché con atención. Noté que se sentía bien con desahogarse. Lo sé: la gente se sienten bien quejándose. Por eso es tan frecuente esa conducta. Quejarse se ha convertido en un hábito. No sé si éste dato es absolutamente cierto, pero en una ocasión leí que la gente se queja una vez por minuto en una conversación normal. Es terrible.

Pero aunque las personas se sientan bien quejándose, al final terminan haciéndoles un daño. No es nada extraño. Muchas cosas, como por ejemplo, fumar, comer dulce, tomar gaseosa o alcohol o hartarse a la medianoche, son agradables y tentadoras, pero son dañinas.

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Peor: quejarse se vuelve adictivo. De hecho, cuando un comportamiento es repetido, las neuronas se ramifican entre sí para viabilizar ese comportamiento en el futuro. Es la maravillosa eficiencia del cerebro.

Así que, como todos los hábitos, mientras más uno se queja más probabilidades tiene de seguir quejándose,  convirtiéndose sin quererlo ni saberlo, en una persona más negativa que positiva. Eso independientemente de si lo que le está sucediendo es bueno o malo.

Diríamos que ese hábito se convierte en un comportamiento predeterminado, fijo, preconcebido, lo cual proyecta una imagen desagradable. Nadie quiere compartir mucho tiempo con personas que de antemano se sabe que vienen a quejarse de todo y de todos.

Las personas creen que quejarse mucho generaría empatía y compasión. Puede generar compasión, pero empatía no. Al final, las personas huyen de los que las agobian con tantas quejas. La gente queremos personas agradables, no quejosas.

Otra cosa: quejarse reduce la parte del cerebro que es importante para la inteligencia y la solución de problemas. Es decir, nos hace poco ágiles.

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Es bueno saber también que quejarse de más libera cortisol, que es la hormona del estrés. Y eso, entre otras cosas, aumenta la presión arterial y el azúcar en la sangre. Y afecta el sistema inmunológico y lo hace más susceptible a diversas enfermedades.

En vez de quejarse permanentemente es mucho mejor cultivar el hábito de la gratitud. Las personas tendemos a quejarnos por lo que no tenemos y pocas veces agradecemos lo que ya hemos alcanzado.

Una actitud de gratitud, dicen los que saben, no yo, reduce en un 23 por ciento la hormona del estrés. Con ello, reduce la ansiedad y aporta al cuerpo un estado de ánimo y energía.

El pensamiento es una construcción cerebral. Así como se construye el pensamiento negativo, también se puede trabajar para construir pensamientos positivos y hacerlos como parte de vivir.

Por último quiero aclarar que no es que una persona no se queje nunca o que acepte todo con resignación. No es eso. Es no hacer de la queja un frecuente hábito de vida ni de verlo todo con el crisol de la negatividad. Es no quejarse para sentirse bien. Si de vez en cuando te vas a quejar de algo hay que hacerlo con un propósito, o sea, para solucionar el problema. Se trata de ser positivo, no negativo. Al final, créame, el que se queja mucho hace poco.

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