Perspectiva

Duarte: entre la Independencia y la Restauración (y 3)

Por Farid Kury

Colaboración/elCorreo.do

 De vuelta a la República Dominicana

PERSPECTIVA: Envejecido y enfermo regresó a Caracas el 8 de agosto de 1862. En Caracas debió hacer ingentes esfuerzos para conseguir recursos económicos y armas, llegando incluso a hablar con el presidente Juan Crisóstomo Falcón. Pero todo fue en vano. Inmerso en esas actividades supo del estallido glorioso de Capotillo el 16 de agosto de 1863 que se extendió como pólvora por todo el Cibao. Los jefes de esa portentosa gesta no eran conocidos por Duarte. Muchos de ellos eran muy jóvenes cuando hubo de abandonar el país.

El regreso al país se hacía una urgencia, pero no fue sino hasta el 16 de febrero de 1864 cuando pudo salir de Venezuela, arribando luego de una larga travesía por algunas islas, al puerto de Montecristi el 25 de marzo. Fue recibido con alegría por el general Benito Mención, jefe militar restaurador de la zona. Al otro día salió hacia Guayabín donde se vio con su viejo amigo, el general Matías Ramón Mella, designado pocos días antes como vicepresidente del Gobierno Provisional Restaurador. El héroe del 27 de febrero estaba postrado en cama en estado de gravedad. En ese emotivo encuentro estuvo presente el general José María Cabral, héroe de la Batalla de Santomé.

El 28 Duarte escribió una carta al gobierno restaurador de Santiago expresando su disposición de consagrar lo que le queda de vida y fuerza al servicio de la Restauración Dominicana. El 1 de abril, el presidente en funciones, el repúblico Ulises Francisco Espaillat, le respondió diciendo que “el Gobierno ve con indecible jubilo” su vuelta a la patria. En Guayubín lo atacó una fiebre palúdica obligándolo a permanecer hasta el 2 de abril postrado en cama. Ese día, enfermo aún, salió hacia Santiago, y para hacer más desgraciada la ocasión, llevaban cargado al general Mella gravemente enfermo. A Santiago llegó el 4 de abril y al otro día se presentó ante las autoridades restauradoras, a las que les reiteró los conceptos de la carta del 28, es decir, su disposición de ponerse al servicio de la guerra restauradora.

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Pero su salud iba de mal en peor, por lo que hubo de permanecer toda una semana inmovilizado en cama. Quiso ver entonces al general presidente José Antonio Salcedo, y no fue posible, porque se encontraba en el Sur en campaña militar. Estando prácticamente sin poder hacer nada, recibió el 14 una carta del Ministro de Hacienda, Alfredo Deetjen, en la que le comunicaban esto: “Habiendo aceptado mi gobierno los servicios que de una manera espontánea se ha servido V. ofrecernos ha resuelto utilizarlos encomendándole a la República de Venezuela una misión de cuyo objeto se le informará oportunamente. En esta virtud mi gobierno espera que V. se servirá alistarse para emprender viaje mientras tanto se preparan las credenciales y pliegos de instrucciones del caso”.

De nuevo en Venezuela

Esa misión, no deseada ni solicitada por Duarte, lo llenó de tristeza y decepción, y contradecía el esfuerzo hecho por regresar a la patria y su deseo de permanecer en el país luchando por la restauración de la independencia nacional. Al parecer, su presencia en el país, no era grata para determinados sectores del gobierno. En realidad, era una manera diplomática de reembarcarlo hacia Venezuela, lo cual causaba una profunda herida en su corazón, golpeado ya por mil vicisitudes. Por eso, le envió una carta al ministro Deetjen rechazando la misión que se le encomendaba apenas 20 días después de pisar tierras dominicanas y tras una ausencia de veinte años.

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Pero un hecho inesperado lo forzó a cambiar de actitud. Apenas dos días después llegó a sus manos un periódico al servicio de la corona española en uno de sus artículos, además de atacarlo de manera maliciosa al afirmar que después de la independencia abandonó el país por espacio de veinte años, se hacía referencia a supuestas rivalidades y contradicciones con los jefes de la Restauración que, al decir del articulista, lo veían con recelo. Golpeado por esa calumnias se apresuró a escribir el 21 de abril una carta al vicepresidente Espaillat en la cual le comunicaba su decisión de aceptar la decisión del gobierno y al final de ella le decía: “No tomo esta resolución porque tema que el falaz articulista logre el objetivo de desunirnos, pues hartas pruebas de estimación y aprecio me han dado el Gobierno y cuantos jefes y oficiales he tenido la dicha de conocer, sino porque es necesario parar con tiempo los golpes que pueda dirigirnos el enemigo y neutralizar sus efectos”.

A principios de junio, investido como Ministro Plenipotenciario, salió hacia Haití, y a finales de mes llegó a Saint Thomas. Luego siguió a Curazao, donde permaneció casi dos meses haciendo ingentes esfuerzos diplomáticos en favor de La Restauración. En agosto retornó a Venezuela, donde encontró un ambiente poco favorable a la causa dominicana. Aun así, se empeñó en querer sensibilizar el gobierno venezolano en favor de los restauradores. Sus ojos jamás volvieron a ver a su República Dominicana, la tierra que siempre amó y por la cual aceptó resignado los mayores sacrificios.

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Mientras tanto las contradicciones en las filas restauradoras habían llevado nada menos que al fusilamiento del presidente Pepillo Salcedo por órdenes directas del general Gaspar Polanco quien pasó a ser el nuevo mandatario. Era el inicio de luchas internas que iban a llevar el país por el camino de la inestabilidad y la anarquía, y Duarte, que siempre fue reacio a participar en las luchas internas, y decepcionado por lo que ocurría, el 7 de marzo de 1865 envió una carta el gobierno restaurador expresando que, con el cambio de gobierno en Santo Domingo, cesaban sus funciones como representante oficial de la República ante el gobierno venezolano.

Un triste final

Ante la imposibilidad de imponerse, España comprendió que debía marcharse del territorio dominicano. El 12 julio de 1865 inició la evacuación de sus tropas. Aquel fue un día glorioso para los dominicanos. Pero junto con el eco de las armas restauradoras, lo que se inició en la República Dominicana fue unas pugnas que desgarraron a la nación. Juan Pablo Duarte no le interesaba participar para nada en esas luchas. Al contrario, las veía con pena y tristeza. En su alma no había cabida para esas terribles pugnas que nada bueno aportarían a la nación.

Ahora, restaurada la independencia, retornó a su aislamiento. Se quedó en Venezuela rumiando su soledad y viviendo junto a sus hermanas en medio de terribles estrecheces económicas. Así transcurría el tiempo y nadie se acordaba de él y menos de su sacrificio. Envejecido, agotado, decepcionado y enfermo, el 15 de julio de 1876 cerró para siempre sus ojos, y sólo entonces pudo terminar su prolongado martirio.

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