Perspectiva

Donald Trump y la historia

Por Farid Kury

Colaboración/elCorreo.do

PERSPECTIVA: La política es una confrontación cotidiana. Es una lucha cuerpo a cuerpo permanente. Es la historia en acción. En los hechos la política es una guerra sin armas. Cuando hay una calma aparente es que todos se están preparando para la tormenta.

La política es la gestión de los intereses, y los intereses, cuando coinciden, unen, pero cuando no coinciden, dividen. Siempre ha sido y será así. Aquí la clave no es la ausencia del conflicto. Donde hay políticos hay conflictos y hay confrontaciones. La clave es la buena gestión estratégica de esa confrontación.

Muchas veces los principales actores sumergidos en cuerpo y alma en el conflicto se vuelven muy cortoplacistas. Y en la búsqueda de victorias inmediatas al costo que sea, piensan muy poco en el futuro. Incluso menosprecian a los que les sugieren tener un sentido más cuidadoso de la historia.

La imagen de un líder o estadista se construye en el presente pero pensando también en el futuro, en la historia; en esa historia que será escrita por personas imparciales, no por aduladores.

La historia es implacable con los que la irrespetan. Tanto lo es que nos deja actuar décadas a nuestras anchas y le gusta tomar en consideración nuestros últimos actos. Por eso se dice que lo que vale no es como se comienza sino como se termina.

Pablo de Tarso empezó como perseguidor de los cristianos y terminó como el principal propagador del cristianismo. Judas el Iscariote, en un caso inverso, empezó como discípulo de Jesús, Ee Cristo, y terminó, de conformidad al evangelio, entregándolo al Sanedrín. La historia lo juzga por ese último acto, no por su hoja de vida. Ese hecho simboliza la traición a escala mundial. A cualquier traidor, en cualquier país, se le dice: “Ese es un Judas”.

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Y un caso nuestro: Pedro Santana empezó luchando por la independencia nacional y terminó su vida miserablemente anexando el país a España, con lo cual anuló de un foetazo todo de bien que había hecho.

Otro caso nuestro. Francisco Alberto Caamaño Deñó, antes de encabezar la lucha militar contra la invasión norteamericana de 1965, había sido jefe de los “Cacos Blancos”, fuerza de choque de la Policía Nacional. Al frente de ese cuerpo había tenido que reprimir a la población en diversos momentos. Pero todo eso quedó atrás. Su postura patriótica, valiente, enérgica, en la guerra patria, le reserva un lugar digno y grandioso en la historia de la República Dominicana. Su papel al frente de los Cacos Blancos queda anulado por su actuación en 1965.

En la política norteamericana hay un caso que siempre me ha merecido cierta atención. Es el caso de Richard Nixon y el escándalo de Watergate. Un hombre, sin ninguna necesidad de ello, porque tenía las elecciones ganadas, autorizó a un grupo de rufianes  llamado “Los Fontaine” a intervenir los teléfonos del Partido Demócrata y a colocar micrófonos secretos en su sede Central. Cuando por casualidad se descubrió el hecho su actuación fue cínica e irresponsable. Quiso desligarse del hecho, pero no fue posible. Las evidencias de su vínculo directo y personal fueron abrumadoras. Al final hubo de renunciar a la presidencia de Estados Unidos.

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A Pablo la historia lo juzga como el hombre que tuvo la visión de llevar el cristianismo más allá de las montañas de Judea y Jerusalén. A Judas como el hombre que traicionó a Cristo. A Pedro Santana como el hombre que liquidó la independencia dominicana. A Francis Caamaño como el hombre que enfrentó al imperio norteamericano. Y a Richard Nixon no se le recuerda por ser el presidente que inició las negociaciones para terminar la guerra norteamericana en Vietnam ni tampoco por haber sido el primer presidente en visitar la China comunista y establecer relaciones comerciales y políticas con ese gigante país. Se le recuerdo por su cinismo, cobardía, irresponsabilidad, en el escándalo de Watergate y por verse obligado a renunciar a la codiciada presidencia del imperio del norte ante el hecho cierto de que iba a ser enjuiciado por el Congreso de ese país.

Todo eso viene a cuenta a raíz del asalto al Capitolio norteamericano el pasado 6 de enero por seguidores del presidente Donald Trump. Se trata, sin dudas, de un grave acontecimiento que manchará, más de lo que estaba, la imagen y el pretendido legado de Trump. Anticipándose a lo que se ve, y previendo que la historia no juzgará de buena manera a Donald, el Secretario de Estado Mike Pompeo declaró que la historia verá lo bueno de Trump y que conservará su legado.

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Es una manera de agradar y ayudar a su amigo en este momento de apuros. Pero le tengo malas noticias para Mike. La verdad monda y lironda es que Donald Trump, al margen de lo que fue su administración, que como todas tuvo luces y sombras, la historia, esa que se escribe para las nuevas generaciones, lo verá como el presidente que fue incapaz de aceptar su derrota frente a Joe Biden, y que tuvo un manejo pésimo de sus emociones que lo llevó a motivar a una turba de seguidores fanáticos a asaltar una institución considerada sagrada para el sistema democrático norteamericano como lo es el Capitolio. También, por supuesto, la historia lo juzgará como el único presidente que se le aprobó dos veces un Impeachment, es decir, un juicio político para destituirlo del cargo, en un solo período.

Las últimas acciones de un gobernante o de un líder pesan mucho frente al juicio severo de la historia. Pero Donald Trump, que fue un accidente de la historia que no debe repetirse, y Mike Pompeo, no están preparados para esa conversación.

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