Perspectiva

Danilo Medina: arquitecto de la destrucción del PLD

Redacción/ElCorreo.do

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SANTO DOMINGO: La historia universal trae consigo acontecimientos y hechos que demuestran que gobernar requiere estar en excelente estado físico y mental en el entendido de que muchos de los que han ejercido el poder político a través del tiempo se creen inmortales. Esto así porque resulta que el poder, por su propia naturaleza, transforma la personalidad de quien lo ostenta, y enfurece su narcisismo y su megalomanía, es decir, que se cae en lo que se denomina el síndrome de la desmesura.

Se tiene el convencimiento de que existe una fragilidad en la línea divisora del equilibrio entre la vida pública y la vida privada que tiende a destrozar el arte de la prudencia al actuar, y tal realidad es observable en muchos de los gobernantes en el mundo. Para muchos de los que ejercen el poder político todavía no han logrado entender la transformación que se ha venido produciendo en el siglo XXI, en el cual la transparencia y la aceleración de la pluralidad de la información han desmitificado la privacidad y el secreto de la vida de los gobernantes.

La vida en primer plano en la política de los gobernantes  hace que la confidencialidad sea algo casi descontinuado en un mundo donde abundan las informaciones, el “fake news” y la construcción de verdades acomodadas. Ya nada es igual que en el pasado y gracias a esta realidad se ha podido descubrir como muchos individuos llegan al extremo de la locura cuando en sus manos concentran mucho poder.

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Una retrospectiva a lo que  ha sido el poder político y su control, nos revela que este descansa en el control de las fuerzas armadas, el congreso y la Constitución de la República, razón por el cual algunos gobernantes cuando se ven rodeado de tantos poderes pierden el equilibrio emocional y son capaces de llevarse el mundo por delante. Y es en tal virtud que se consideran con la libertad de malversar los recursos del erario público, atropellar, asesinar, perseguir, excluir y desconsiderar a todo aquel que no comparta o cuestione sus acciones.

Quienes llegan a la locura del poder son capaces de destruir los estamentos institucionales y constitucionales, restringen las conquistas democráticas y construyen de manera organizadas equipos a su alrededor  que están dispuestos para actuar en cuanto se le ordene. Para este tipo de maniáticos del poder las organizaciones políticas solo son útiles para lograr sus objetivos o escudarse detrás de las siglas partidarias y en consecuencia, generan lo que se denomina el grupismo dentro de los partidos.

En el caso de la República Dominicana, el profesor Juan Bosch ha sido el más implacable combatiente de la práctica del grupismo en los partidos políticos, ya que siempre estuvo convencido de que tal flagelo era pernicioso, aberrante y destructor de la existencia de las organizaciones partidarias.

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Juan Bosch tenía bien claro que cuando en un partido se engendra el grupismo la desbandada tarde o temprano es inevitable, ya que esto contraviene con la necesaria disciplina que debe predominar, razón por la cual entendía que era inminente concebir un partido guiado por lo que denominaba los  métodos de trabajo.

Juan Bosch siempre fue un demócrata a toda prueba que concebía la disciplina, la educación y la formación en valores como elementos fundamentales en la construcción del desarrollo de la sociedad y que para alcanzar este último, un  partido debía ser el instrumento que canalice las aspiraciones de los ciudadanos en el marco de una recia conciencia ético-social que permitiera ejecutar  las  transformaciones requerida en lo económico, institucional y político.

Es bajo esa interpretación que Bosch siempre repudiaba el grupismo por el entendido de que este promovía los antivalores y sembraba la semilla de la destrucción a lo interno de un partido.

Como doctrinario que era, Bosch no aceptaba el pragmatismo como medida de acción a imponerse en un partido político, ya que esa siempre ha sido la bandera defendida por los oportunistas para desarrollar el grupismo clientelar. Es esta realidad que explica su irrevocable renuncia del PRD en 1973 hastiado por las debilidades en las que había caído una gran parte de la dirigencia de este partido, al cual calificó de que había cumplido su rol histórico.

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Para el 15 de marzo de 1991 a Juan Bosch se le presentó una situación similar a la de 1973, solo que esta vez la historia correspondía al PLD provocando su renuncia, alegando la coexistencia de una  corriente de oportunistas, aprovechados y miserables cuya pretensión era obtener riqueza y poder.

Pero las propias palabras de Bosch son más elocuentes cuando se pronunció de esta manera: “En el PLD, la mayoría de sus miembros son pequeños burgueses, bajos pequeños burgueses y se han dado cuenta que en el partido hay gente que ha alcanzado posiciones, como senadores, como diputados, como síndicos, como regidores y entonces en el PLD eso ha provocado una corriente de aprovechados, de oportunistas. Buscadores de posiciones y de puestos públicos. Y esos han empezado a formar grupos y como yo no puedo formar grupos y como yo no puedo presidir un partido en el que haya grupos, decidí renunciar del PLD”.

La renuncia de Bosch generó una consternación e incertidumbre en las estructuras medias y de base del PLD, constituida por 492 organismos, los cuales solicitaron revocar su  renuncia y en cambio pedían que renunciaran los miembros de Comité Central, algo que no ocurrió.

Bosch dejaba sin efecto su renuncia el 20 de marzo, porque este era un hombre de compromisos con la democracia, con los valores y sus convicciones ideológicas que despreciaba las prácticas clientelares y mantuvo una conducta pública intachable.

 

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