Perspectiva

Cuando Trujillo trapeó el piso con Fulgencio Batista

Por Farid Kury

Colaboración/elCorreo.do

PERSPECTIVA: Rafael Leónidas Trujillo Molina, el hombre que nos gobernó 31 años, en esa parafernalia de grandeza que lo caracterizó, se auto asignó el papel de campeón del anticomunismo en el Caribe. También razones políticas los llevaban a asumir ese papel. Era una manera de agradar a los yanquis. Alinearse activamente en el frente anticomunista, razonaba, le otorgaba trato privilegiado con los norteamericanos, lo cual le garantizaba estabilidad en su dominio absoluto en esta media isla de Quisqueya.

En atención a ese criterio se involucró en el conflicto que desde 1956 Fidel Castro escenificaba en Cuba contra la dictadura de Fulgencio Batista. Ese año, al mando de pocos hombres, Fidel Castro se había internado en la Sierra Maestra, desde donde sostenía una lucha guerrillera contra Batista, que había llegado al poder mediante un golpe de Estado en 1952.

El movimiento de Castro fue creciendo. La dictadura cada vez se evidenciaba más incapaz de frenarlo. Trujillo se sintió un tanto inquieto ante la posibilidad de triunfo de Castro.

Involucrarse en esa guerra era una imprudencia de Trujillo, pero para él no había freno. Desde el secuestro en 1956 en territorio norteamericano del profesor vasco Jesús de Galíndez y el asesinato en 1957 del presidente guatemalteco Carlos Castillo Armas, había venido cometiendo una serie de errores continuos que al final darían al traste con el régimen. Trujillo no conocía límites ni fronteras. Dondequiera que sus intereses y deseos le indicaban que debía intervenir, intervenía. Definitivamente el hombre estaba fuera de control.

En el caso cubano también ve una posibilidad muy buena de hacer negocios vendiéndole armas a Batista, sobre todo, fusiles fabricados en su armería de San Cristóbal. A través de Johnny Abbes García y Arturo Espaillat  (la Gillete), entra en contacto con Batista y le suministra, en cantidades importantes  y en condiciones de pago favorables, armas y municiones. También envía varios oficiales a Cuba a ofrecer asesoría técnica al régimen. En la lógica de Trujillo esas ayudas le daban derecho a mandar sobre la persona que estaba recibiendo el favor.

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En ese momento el progreso de la lucha guerrillera era indetenible y el régimen de Batista se encontraba un tanto acorralado. El gobierno norteamericano había decidido suspenderle la ayuda militar a Batista, y en realidad la ayuda de Trujillo no era suficiente para detener el avance de Castro.

Espaillat y Abbes García no se percatan de la real situación. Al regresar al país, Espaillat le asegura al dictador dominicano que el gobierno cubano era invencible. Y que había preparado un plan de defensa y ataque de tanta magnitud que en pocos días el movimiento de Castro quedaría completamente liquidado. Esa conversación se produjo el 30 de diciembre. Trujillo se siente satisfecho, tranquilo y con el ego inflado. Tiene la creencia que gracias a él la situación en Cuba va bien. Y que su dinero está garantizado. Pero la realidad era otra. Al otro día, justo la noche del 31 de diciembre de 1958, el dictador cubano, en un acto que sorprendió a amigos y enemigos, huye despavorido de Cuba y llega a Santo Domingo.

La casualidad de la vida, que es una categoría histórica, iba a hacer de la suya. Cuando Batista se monta en el avión lo hace con destino a Jacksonville, pero en pleno vuelo, le ordena al piloto cambiar de rumbo y dirigirse a República Dominicana, donde Trujillo era de forma absoluta ley, batuta y constitución. ¡Tremendo error!

Si Batista hubiese imaginado mínimamente lo que Trujillo haría con él ni en sueños hubiese tomado esa decisión. Y la tomó porque ese señor no conocía a Trujillo. No tenía idea de lo que era capaz de hacer el sancristobalense. Seguro pensó que como él había recibido ayuda de Trujillo y por su condición de dictador de Cuba sería recibido con agrado y finas atenciones.

En el Caribe, a diferencia de Estados Unidos, no se dedica tiempo a estudiar la psiquis y el carácter de los gobernantes y de los hombres llamados a gobernar. Y resulta, como le dijo Benito Mussolini al renombrado escritor alemán Emil Ludwing, que un pequeño detalle del carácter de un hombre dice más que muchos discursos.

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Pero las cosas no funcionaban así para Trujillo. Trujillo se sintió indignado, herido y muy molesto por la huida de Batista. Se puso furioso, rabioso. Pocas veces se le vio tan encolerizado. Aunque al principio Trujillo lo alojó, solo por unos días, en el mismo palacio, la verdad es que al infeliz de Batista le fue muy mal con Trujillo.

Trujillo no jugaba con su dinero. Y pronto iba a cobrarle la deuda de las armas a Batista. Un día El Jefe lo llamó al Palacio y en un tono descortés le cobró su dinero. Batista, desconcertado, dijo que esa era una deuda de Estado. Furioso Trujillo le gritó “usted no me está diciendo que le cobre ese dinero a Castro, carajo”.

Para Trujillo, la huida de Batista lo evidenciaba como un hombre cobarde, sin carácter, infeliz, que no merecía ningún respeto. No le perdonó haber salido huyendo de Cuba sin echar el pleito que a su juicio era posible echar. En dos ocasiones lo mandó preso a La Victoria, lo desconsideró, lo humilló, hasta que un día el ex dictador cubano, no tuvo más que sacar su chequera  y saldar su deuda con el Jefe.

El escritor norteamericano Robert D. Crassweller, en su libro “Trujillo, la trágica aventura del poder personal”, es quien mejor narra el infierno que vivió Batista. Leamos:

“Batista se negó otra vez. Dijo que no se trataba de un asunto personal, sino de una deuda del Estado cubano. Trujillo lo miró con sorna. ¿Usted no pretenderá que yo le cobre a Castro unas armas que se usaron contra él?, preguntó, pero Batista no quiso entrar en razones. Sudaba copiosamente y mientras se secaba el rostro con un pañuelo impregnado de colonia, alcanzó a balbucir: “yo no poseo ese dinero, apenas tengo para vivir, soy un hombre pobre”.

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Trujillo no creyó los argumentos de Batista y durante varios días estuvo asediando al fugitivo enviándole oficiales del Ejército que después de saludarlo con mucha cortesía le recordaban la deuda. Más adelante, una tarde, cerca de la noche, fue requerido por Trujillo para que se presentara al Palacio Nacional. Acompañado por un oficial de alto rango salió de su residencia y fue llevado directamente a la cárcel de “La Victoria”, donde pasó la noche y parte del día siguiente y donde, según confesión propia, me obligaron a barrer mi habitación, aunque algunos afirman que le hicieron limpiar el inodoro. Aquella breve estancia en la cárcel ablandó a Batista por completo, y en cuanto quedó en libertad abonó el importe de la deuda”.

Esa vez hubo de perderle el cariño a 900 mil dólares. Pero el asunto no se quedó ahí. Bregar con Trujillo no era sencillo. El hombre era altamente resentido y no perdonaba. Y con su dinero no comía cuentos.

 Crassweller sigue narrando: “Días después, Trujillo lo convocó de nuevo. Quería un millón de dólares para sufragar las actividades anticubanas. Batista le extendió el cheque sin decir media palabra”.

Meses después, el 20 de agosto, tras diversas diligencias, en las que habían intervenido los norteamericanos y el gobierno de Brasil, pudo salir del país como asilado hacia Portugal. Así pudo poner fin al infierno que vivió en Ciudad Trujillo. Pero había quedado en ridículo para siempre. Aunque también se llevó con él la importante lección de que a nivel de Estado es preciso conocer el carácter y la psiquis de los hombres antes de hacer negocios con ellos para  tener, aunque sea una idea aproximada, de hasta donde son capaces de llegar y qué se les puede hacer y qué no.

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