Perspectiva

Cuando el tirano asesinó a las tres mariposas

Por Farid Kury

Colaboración/elCorreo.do

PERSPECTIVA: Cualquier crimen de El Jefe pudo ser explicado, y hasta justificado. Pero el de las hermanas Mirabal no. Ni pudo ni puede ni podrá ser explicado y menos justificado. De todos, y fueron muchos, sin duda, éste fue el más abominable. También el que más ira colectiva generó. Y esa ira se transformó en coraje y llevó a muchos a rugir. Unos rugieron en sus silenciosas voces interiores, y otros lo hicieron en francas conspiraciones, que terminaron en el ajusticiamiento del propio tirano la noche luz del 30 de mayo. Unos perdieron el miedo y otros, aun teniendo miedo, decidieron jugárselas y conspirar. A ese maldito tirano se le había soportado de todo. A quien quiso asesinar, asesinó, y a quien quiso humillar, humilló.

Fueron largos 31 años de incesantes crímenes, de avasallamiento del alma dominicana, de quebrantamiento de la esperanza. Pero lo de las tres hermanas rebozó la copa de la paciencia. Nunca antes ni después un dictador, al menos aquí, había tenido la vergüenza tan cuarteada como para matar a tres hermanas, a tres muchachas, a tres esposas, a tres madres, el mismo día y a la misma hora. Chapita lo hizo, y como todo un asesino, lo hizo con absoluta frialdad y sin una pizca de remordimiento.

Mucha gente no logra entender por qué Trujillo decidió ese crimen. Unos alegan que había perdido la agilidad y la astucia de los primeros años en el poder. Otros que se sentía acorralado por Las Mirabal y por los curas. Pero en verdad eso es lo que menos importa frente al juicio de la posteridad. Que las muchachas eran antitrujillistas y conspiraban contra el régimen, eso tampoco es lo que importa. Más allá de cualquier pueril argumento justificativo, lo de las tres mariposas fueron las tres gotas que sacaron a flote el hastío y el deseo de acabar con el déspota envilecido.

Lo de las tres ángeles era difícil de soportar así por así. Ese crimen espantó a quienes no se habían espantado frente a otros tantos crímenes, a quienes habían aceptado resignados la dictadura. Removió las conciencias dormidas, enceguecidas y aletargadas, y las puso en alertas y en marcha contra el tirano. Sacudió como un cimiento el alma dominicana, y movilizó los sentimientos y corazones de una población, en buena medida, resignada a vivir en medio del terror y la humillación. ¿Qué si fue él quien ordenó el crimen? Sólo dudarlo ya es un abuso, un sacrilegio, y un desconocimiento irritante del dominio que durante 31 años mantuvo sobre el país el antiguo telegrafista.

En Quisqueya, en ese período, sólo Rafael Leónidas Trujillo podía ordenar crímenes de esa naturaleza. Era él, y nadie más, el dueño absoluto de la nación, y sólo él podía cargar sobre sus manchados hombros el crimen de las tres muchachas. Sólo su voluntad era ley. No hay manipulación de palabras que pudiera eximirlo de culpas ni explicar ni justificar ese crimen. Quienes lo vieron en esos días afirman que el hombre ya era decrépito y errático. Había entrado en una etapa de senectud donde se había ido al carajo cualquier síntoma de prudencia. La arrogancia del poder personal no tenía frenos. De todas maneras, para desgracia del dictador, el día que a garrotazos mataron a las tres indefensas mariposas pertenece ya a la historia universal. Aquel día, 25 de noviembre de 1960, fue declarado por las Naciones Unidas como el día Internacional de la No violencia contra la Mujer y hoy el mundo entero le rinde honor a la memoria de nuestras eternas mariposas.

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En Ojo de Agua, en Salcedo y en el Cibao era un secreto a voces la histeria que sentía Trujillo cuando le mencionaban el apellido Mirabal. Corrían los rumores de que en cualquier momento las muchachas podían aparecer, como a muchos, muertas. Era público el interés del tirano de liquidarlas. Al final de sus días de hierros, esa fue su obsesión. En varias ocasiones, en tono agitado, se le escuchó decir: “Yo sólo tengo dos problemas: los curas y las Mirabal”. A la familia Mirabal llegó esa reiterada declaración temeraria que presagiaba la trágica muerte. Familiares y amigos les dijeron a las muchachas que se cuidaran, que el tirano las querían matar.

Doña Chela, la madre de ellas, enterada de las reiteradas palabras de El Jefe, le llegó a decir a su hija Minerva: “Minerva, ten cuidado, te van a matar”, a lo que Minerva contestaba: “Si Trujillo me arrebata la vida, me levantaría entonces de mi tumba para llevarlo al infierno”. Pero en verdad ¿Quién podía cuidarse de la peligrosa furia del tirano? Nadie. La única manera de cuidarse de él, de evitar pasar por la navaja de su guillotina, era aceptando su dominio dictatorial y sometiéndose a su voluntad ominada que oprimía a los dominicanos, y obviamente, la familia Mirabal no iba a hacer eso. Tan sencillo como eso. Esa familia apostaba a la libertad del pueblo dominicano, y eso no estaba en juego, no era algo al cual podían renunciar para preservar la vida. Minerva, María Teresa y Patria habían abrazado como la uña abraza la carne la lucha por la libertad y preferían la muerte antes de renunciar.

La decisión de matarlas estada tomada, la sentencia de sus muertes había sido dictada. Sólo se esperaba el día y el momento adecuados. Y ese día llegó. El 25 de noviembre fue el día escogido para perpetuar el crimen. Ese día, las mariposas irían a Puerto Plata a ver a Manolo Tavares y a Leandro Guzmán, compañeros de lucha y maridos de Minerva y María Teresa. Estaban presos en la fortaleza San Felipe. Diez meses atrás, en enero, en el llamado “Complot develado”, fueron apresados y habían sufrido lo indecible en las cárceles de La Victoria y La 40. Manolo, por su firmeza y carisma, en la cárcel se convirtió en un símbolo de la resistencia contra la tiranía. En torno a él muchos se aglutinaron, reafirmándose su condición de líder, por la cual había sido escogido como presidente del Movimiento 14 de Junio. Las mariposas lo visitaban todas las semanas, pese al peligro que eso significaba para ellas. Era una manera de estar cerca de ellos en los momentos aciagos. Manolo siempre le advertía a Minerva del peligro, pero ella, firme, valiente y de un corazón noble, no se amedrentaba. Para ella y para sus hermanas abandonar a sus maridos y compañeros ante el peligro es de cobardes y ellas no eran cobardes.

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Un día trasladaron a Manolo y Leandro a la fortaleza de Salcedo, y las muchachas se sintieron bien. Así tendrán a sus esposos cerquitas. Pero eso era parte de la trama, que por órdenes expresas de Trujillo urdía el Servicio de Inteligencia Militar (SIM), del siniestro Johnny Abbes. Así marchaban las cosas, cuando de repente, el 8 de noviembre, Manolo y Leandro fueron trasladados otra vez, en esta ocasión para Puerto Plata. Ni Minerva, que era la más despierta, ni sus hermanas, advirtieron el peligro que encerraba ese traslado. Pero hubo inquietud en la familia y quisieron trasladarse a Puerto Plata. Minerva y María Teresa de inmediato alquilaron un vehículo y arrancaron para “la Novia del Atlántico”.

Con ellas se fue también doña Fefita, la madre de Manolo, que había ido desde Montecristi a Salcedo a ver a su hijo en la cárcel. Pero no les permitieron verlos. Les informaron, con la mayor alevosía, porque era parte de la trama, que “las visitas de ustedes van a ser sólo los viernes por las tardes”. Regresaron el viernes 18, en esta ocasión, además de doña Fefita, las acompañaban doña Nena de Guzmán, madre de Leandro. Lograron verlos. Todos se sumergieron en besos, abrazos y lágrimas. Los presos pidieron colchones, mosquiteros y libros, y Manolo dijo que le parecían extraños estos traslados y que prefería que dejaran de visitarlos por ahora. Les pidió que visitaran a José Eugenio Pimentel, don Chujo, un amigo de su familia residente en Puerto Plata, para pedirle que buscara una casa para alquilarla. Así se hizo. Visitaron a don Chujo, le plantearon esa urgencia y éste se comprometió.

Por esos días, no cesaban las amenazas, y los amigos y familiares advertían a las muchachas del peligro de esos viajes. Una amiga le mandó decir a Minerva con Dedé: “Dile a Minerva que la voz del pueblo es voz de Dios. Es para matarlas que las hacen viajar”. Otra mujer, amiga de un alto oficial, mandó decirles: “A las muchachas que no vayan. La orden de matarlas está dada”.

Un día antes del asesinato, Minerva acompañó a Patria al dentista en San Francisco de Macorís. Allí vio a su compadre, el doctor Ángel Lajara Concepción, a quien le expresó: “Compadre ¿Usted sabe la última? Nos van a accidentar mañana. Supimos de buena fuente que nos van a accidentar mañana. ¿Qué le parece?”. Espantado y preocupado le dijo a Minerva: “Comadre, pero si ya ustedes están alertadas, ¿por qué no posponen ese viaje? Dejen ese viaje para luego”. A lo que Minerva respondió: “Ud. sabe que nuestros esposos están presos en Puerto Plata y que el único momento de alegría que ellos tienen es cuando nosotros vamos a verlos. ¿Cree Ud. que por temor a la muerte es justo que nosotras privemos a nuestros esposos de ir a verlos? ¡No! Nosotros iremos a verlos mañana ¡Ocurra lo que ocurra!”.

En efecto, a las 9:00 de la mañana del otro día, María Teresa, Patria y Minerva, acompañadas de Rufino de la Cruz, que era amigo y compañero de lucha, salieron de Conuco hacia Puerto Plata a ver a Manolo y a Leandro, y a encontrarse con el destino. Estaba escrito que no volverían vivas a Ojo de Agua. Antes de salir de Salcedo pasaron, como era de rigor, por la oficina del SIM para informarles del viaje. En el camino Patria exclamó: “Dios mío, cuándo acabará esta desgracia”, a lo que Rufino respondió, “Cuando Trujillo se muera. Total, él no nació pa semilla”.

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Al mediodía llegaron a Puerto Plata a la casa de don Chujo. Tras los saludos María Teresa le preguntó si había conseguido la casa. Un poco triste Don Chujo respondió: “Esa casa de enfrente estaba ya convenida, pero al saber que era para ustedes como que se metieron en miedo”. Almorzaron y a eso de las dos salieron para la fortaleza. Antes, cuando se preparaban, Patria les dijo a sus hermanas: “Muchachas, pónganse bien bonitas”. María Teresa le replicó: “Ay, Patria, déjate de eso que no es para una fiesta que vamos”. Entonces, Minerva, siempre alegre, siempre dispuesta, dijo: “Y hay algo mejor que ver a nuestros esposos”.

Manolo y Leandro las esperaban con ansiedad. Fue un momento de muchos besos, abrazos y alegría. Manolo y Leandro preguntaron e indagaron sobre muchísimas cosas, sobre los compañeros presos, sobre las familias, sobre los niños. No cesaban de preguntar y de opinar. Finalmente, Manolo, como quien presiente la tragedia, insistió en que no debían irse a esa hora ya para Salcedo. Cuando regresaron a la casa de Don Chujo le dijeron que los muchachos quieren que se busque la casa ya. Salieron a eso y en seguida encontraron una. Don Chujo y su esposa les pidieron, casi les rogaron, que dejaran el viaje de regreso para mañana. Por desgracia, no los escucharon. Es que iban derechitas a encontrarse con sus destinos. Don Chujo y su esposa quedaron con mucha pena cuando las vieron partir. En sus rostros se advertía un presentimiento de que algo malo les pasaría.

Salieron de Puerto Plata en el jeep y tomaron la carretera de Santiago. Apenas habían recorrido tres kilómetros, cuando fueron interceptadas por un carro marca Austin en el que iban los esbirros del SIM con la encomienda irrevocable de asesinarlas. Y efectivamente, las interceptaron, las sacaron del vehículo y cada uno de los asesinos se encargó de una y obviamente también de Rufino. A las malas, y pese al forcejeo, las condujeron a los cañaverales y allí a garrotazos las ejecutaron. Fue una muerte terrible. Luego subieron los cadáveres a los dos vehículos, y las lanzaron a un precipicio para crear la fábula, que nadie creyó, de que había sido un accidente.

Así se ejecutó la orden tétrica del tirano. Esa fue su venganza, la venganza de un demente, decrépito, asesino y senil. Él las mató, las asesinó, pero no las sometió. No pudo doblegarlas. Ahora anda una hija del tirano y algunos que sienten nostalgia por La Era queriendo limpiar la imagen de su asesino padre y tergiversando la historia y los hechos. Quieren responsabilizar a otros de ese horrendo crimen. Pero no podrán hacerlo. El Jefe, el maldito Jefe, las mató. La orden fue suya. La responsabilidad histórica es suya.

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