Perspectiva

A 59 años del ajusticiamiento del tirano Trujillo, se recuerda a los héroes y mártires que se atrevieron

Por Juan Acosta Reynoso /ElCorreo.do

SANTO DOMINGO: Cuando a finales de 1959 se produjo el triunfo de las guerrillas lideradas por el joven abogado Fidel Castro Ruz, provocando la huida en medio de la fiesta de despedida del año viejo del presidente derrotado, general Fulgencio Batista, a la entonces Ciudad Trujillo, la juventud de América Latina vio en esa hazaña la esperanza de enfrentar con exitosamente a los regímenes tiránicos que le oprimían.

Ese acontecimiento, al que se unieron las expediciones del 14 de junio de 1959 y al mayor error político del tirano, al ordenar el asesinato de las hermanas Minerva, Patria y María Teresa Mirabal, desbordaron la capacidad de tolerancia del pueblo dominicano.

De ahí en adelante, las conspiraciones y complots para sacarlo del poder y el mundo de los vivos, se fueron forjando al principio con la discreción que ameritaba la situación interna, no así otros tantos.

Aunque con apresamientos y torturas hasta causar la muerte a los opositores, que no eran tan escasos como se suponía, entre estos ex y entonces colaboradores civiles y militares, un grupo de valientes se comprometió a enfrentar la bestia “que no respetaba ni siquiera a las mujeres”.

Fue el martes 30 de mayo de 1961, cerca de las 10:00 de la noche, en el kilómetro 9 del trayecto Santo Domingo-San Cristóbal, cuando el auto en el que viajaba Trujillo fue embocado y ametrallado hasta poner fin a su existencia.

Los héroes del tiranicidas fueron Juan Tomás Díaz, Modesto Díaz, Antonio de la Maza, Amado García Guerrero, Salvador Estrella Sadhalá,  Luis Manuel (Tunti) Cáceres Michel, Roberto Pastoriza, Luis Amiama Tió, Antonio Imbert Barrera, Pedro Livio Cedeño y Huáscar Tejeda Pimentel.

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Esa inolvidable noche el dictador se dirigía a su natal San Cristóbal, donde le esperaba una nueva víctima de su menguado apetito sexual, como era habitual, sin protección, sólo acompañado de su chófer, mayor del Ejército Nacional Zacarías de la Cruz.

Tras darle alcance al vehículo en que se desplazaba, fue el objeto de una verdadera “lluvia de balas”, calculada en más de 60 impactos diferentes calibres, de los cuales por lo menos siete impactaron su cuerpo, causándole la muerte en el acto.

Mientras, el mayor De la Cruz fue alcanzado en varias partes de su cuerpo, pero fue rescatado con vida por las tropas que acudieron al lugar del combate, al estimar sus atacantes que también habías sido muerto.

Una vez comprobada la muerte, el cadáver de Trujillo fue depositado en el baúl del carro de uno de los ajusticiadores y mantenido allí durante algunas horas en la residencia del ex general Juan Tomás Díaz.

¿La CIA colaboró?

Casi de inmediato, trascendió en un estrecho círculos, que las manos de los Estados Unidos fue parte de la conjura, lo que tiempo después fue corroborado.

Se dijo que las armas utilizadas por los patriotas fueron proporcionadas por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), a través del estadounidense Simón Thomas Stocker, conocido entre sus cercanos como Wimpy, propietario del único supermercado del país y residente en la República Dominicana desde 1942, cuyo el nombre en clave fue Héctor.

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Se afirma que su participación en la muerte del sátrapa fue por convicción más que cumpliendo un servicio del organismo de espionaje de Estados Unidos, por lo que habría rehusado recibir la remuneración que quiso entregar la CIA por sus esfuerzos.

Una vez le fueron entregadas las armas, Stocker, las ocultó durante más de dos meses, dentro de un armario pequeño en su estudio, en su residencia privada, sin importarle el riesgo al que exponía él y su familia.

Sin embargo, uno de los dos sobrevivientes del tiranicidio, el general Imbert Barrera, siempre negó que las armas usadas la noche del 30 de mayo fueran suministradas por el Gobierno de los Estados Unidos y que así fue, “nunca llegaron a las manos de los organizadores del ajusticiamiento”.

Es sabido que la anterior versión fue rebatida por el propio Stocker a familiares y personas de confianza, afirmando que las armas fueron entregadas por él a un dominicano, después de haberlas ocultado en su propiedad, según su relato.

Según se dijo, el interés de Estados Unidos en “salir de Trujillo” se debió a que la represión de su Gobierno podría desembocar en una revolución comunista en República Dominicana, al estilo de la naciente Revolución cubana, de Castro nacida como consecuencia del rechazo del pueblo cubano al dictador Fulgencio Batista.

El majestuoso funeral de Estado que se hizo al  “Generalísimo Doctor Rafael Leónidas Trujillo Molina, Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva”, terminó el 2 de junio cuando se le dio “cristiana sepultura” en uno de los nichos de la iglesia católica de San Cristóbal.

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Previo a su sepelio, el cuerpo sin vida fue expuesto en uno de los salones del Palacio Nacional, fue homenajeado por una larga procesión de personas de todos los niveles sociales.

El discurso laudatorio de despedida fue pronunciado por el entonces presidente Joaquín Balaguer, expresando, entre otras cosas que “el momento es pues, propicio para que juremos sobre estas reliquias amadas, que defenderemos su memoria y que seremos fieles a sus consignas manteniendo la unidad. Querido jefe, hasta luego”.

“Tus hijos espirituales, veteranos de las campañas que libraste durante más de 30 años, miraremos hacia tu sepulcro como un símbolo enhiesto y no omitiremos medios para impedir que se extinga la llama que tú encendiste en los altares de la República y en el alma de todos los dominicanos”, lanzó Balaguer.

La huida de los Trujillo

Una vez comprobada la decisión del pueblo dominicano de no volver a padecer tan oprobiosa dictadura, la familia Trujillo trató de huir con el cuerpo del dictador en su yate “Angelita”, pero no fue posible.

La familia Trujillo salió del país y Ramfis Trujillo tuvo que sacar el cuerpo de su padre y  enterrarlo en el Cementerio del Père-Lachaise, de París, a petición de sus familiares.

Actualmente los restos de Trujillo se encuentran en el Cementerio de Mingorrubio de la comunidad de El Pardo, próxima a Madrid en España, enterrado en un panteón junto a otros familiares.

 

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